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A vueltas con los incendios

Agosto. Pleno verano. Incendios. Una idea lleva a la otra. Como todos los años por estas fechas, toca hablar del fuego. Hay una triada que favorece su aparición: altas temperaturas, escasez de lluvias y fuerte viento. Cuando estos tres factores coinciden, es muy probable que se produzca un incendio forestal, ya sea por accidente, por negligencia o por causas naturales. Evidentemente, los pirómanos saben que tendrán más éxito si cometen sus tropelías bajo tales circunstancias. Un éxito que se mide en hectáreas arrasadas, suelos empobrecidos, daños materiales y, en ocasiones, vidas humanas. Bastante lo sabemos.

La prensa y los informativos se hacen eco rápidamente de estos sucesos. Veremos a periodistas ante un pinar calcinado, vecinos desalojados, alcaldes, bomberos, retenes a pie y espectaculares imágenes de hidroaviones y helicópteros esparciendo su carga de agua sobre las llamas. Vuelve a ser noticia algo que nunca deja de serlo, a pesar de las repeticiones. Como los atascos de tráfico y las fiestas populares. Verano.

La mayor parte de la España peninsular está sometida al clima mediterráneo y el fuego ha sido desde siempre uno de sus ingredientes ineludibles. Pero, en la práctica, afecta a fincas, términos municipales, infraestructuras, propiedades y viviendas. También a espacios naturales. Aquellos que todavía se han librado, más o menos, de nuestros afanes, son los primeros candidatos a arder. Una vez que se desata el fuego, es muy difícil apagarlo. No es ese el objetivo de las patrullas de extinción, sino controlarlo, evitar que se propague. Siempre hay, pues, un precio que pagar.

La alternativa razonable es la prevención, pero ahí tampoco nos ponemos de acuerdo. Son tantos los intereses implicados que hasta la prevención depende del fin que queramos dar a los montes. No hay una sola receta, sino muchas. Prevenir, ¿para qué? Para salvar una urbanización. Para proteger un cultivo forestal. Para mantener una zona bien conservada. Para evitar la erosión del suelo. Cada objetivo exige unos trabajos preventivos. No basta con “limpiar” el monte, como si fuéramos a poner orden en el trastero. De eso también oiremos hablar en los informativos: soluciones sencillas a problemas complejos. Si fuera así de fácil, hace tiempo que los habríamos resuelto.

Una de nuestras ONG más señeras, WWF España, ha tratado de salirse de la cantinela veraniega con una campaña original. Ha aprovechado las cenizas del incendio recientemente desatado en el entorno de Doñana para confeccionar una tinta negra. Con esa tinta ha escrito una carta a Mariano Rajoy en la que el bosque pide al presidente del Gobierno que lo proteja, que no lo abandone, que impida que arda. Enumera las muchas ventajas que un bosque reporta a los ciudadanos y que las llamas echan a perder durante un periodo de tiempo demasiado largo. Aunque los destinatarios de la carta son Rajoy y sus ministros, sobre todo la responsable de medio ambiente, va a llegar a muchos hogares como un grito desesperado y anónimo.

El grito de quien carece de otra defensa que el paso del tiempo y su capacidad para cicatrizar las heridas, muy ajena a los plazos que manejamos en agendas y calendarios. No, el bosque pide que se invierta en prevención, o en prevenciones, a cada cual la suya. Que no se gaste el dinero público en apagar fuegos, sino en evitarlos. Una inversión a largo plazo que afecta a múltiples políticas, sobre todo a la forestal, que se resiste a abandonar sus objetivos meramente productivistas. Una inversión que, sin duda, terminará por dejarnos mayores réditos a todos.

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