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Siete especies en la cuerda floja

Tres aves, un carnívoro, dos moluscos y una planta. Siete especies en total que el pasado 24 de julio el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente declaró en “situación crítica”. Las aves son el urogallo, la cerceta pardilla y el alcaudón chico. El carnívoro no podía ser otro que el visón europeo. En cuanto a los moluscos, ambos son bivalvos, uno de agua dulce, la náyade auriculada, y el otro marino, la nacra. La planta, una cistácea, es la jara de Cartagena. Son nuestras siete especies más amenazadas de extinción y así lo reconocen tanto la Administración central como las comunidades autónomas, pues la lista fue aprobada en la última Conferencia Sectorial de Medio Ambiente antes de las vacaciones de verano. Lo de “especies en situación crítica” es un término novedoso y de alcance doméstico, pero lamentablemente explícito.

La Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife) y WWF España se apresuraron a celebrar la noticia, pues era una vieja demanda de ambas organizaciones. Ya era hora de que hubiera una declaración formal que englobara a estas siete especies en delicadísimo estado de conservación. Bien está la consecuente Orden Ministerial, pero una vez detectado y asumido el problema, es preciso arbitrar soluciones. Y soluciones urgentes, si no queremos que la próxima lista sea de especies extinguidas. En el mundo de la política es muy tentador caer en la indolencia. Se diría que los conflictos quedan resueltos en cuanto se definen y acotan, o justo después de hacerse públicos. Pero, muy al contrario, ese es sólo el primer paso para poder abordarlos y obtener resultados positivos. Ahora hay que organizar programas de salvamento de esas siete especies al borde del abismo, dotarlos del suficiente presupuesto y ponerse manos a la obra.

El ejemplo del lince ibérico debería ser suficiente para convencernos de que hay dos condiciones prioritarias, ambas a nuestro alcance. Una es la voluntad de poner en marcha los engranajes necesarios y, además de engrasarlos, no entorpecerlos con miserias partidistas. El lince estuvo a un tris de irse al garete por culpa del enconado enfrentamiento entre la Junta de Andalucía, encabezada por el PSOE, y el Gobierno central, presidido por el PP. Aquello se recondujo de milagro y hoy, muchos años después, ya se están liberando linces allí donde antes habían desaparecido. La otra condición es dotar a los profesionales de los medios necesarios para que trabajen con tranquilidad y garantía de futuro. España es una potencia en conservación de la naturaleza, siempre lo hemos dicho, y si nos ponemos a ello estas siete especies tienen fundadas esperanzas de recuperarse.

Parece que lo peor de la crisis económica va quedando atrás y, aunque no fuera así, los presupuestos que se manejan en conservación de especies amenazadas son siempre irrisorios para un país de la Unión Europea como el nuestro. Nada en comparación con las inversiones destinadas a infraestructuras o con el montante de los rescates bancarios. Una cantidad ridícula. WWF España, por ejemplo, cifra en un millón de euros la cantidad necesaria que debería dedicarse anualmente al visón europeo. Pero las pérdidas, en este terreno, son siempre irreparables. No hay plan de salvamento más justificado, aunque sólo sea por interés propio. Ya nadie se acuerda de aquella famosa pregunta: ¿usted volaría en un avión que pierde cada día un remache? El avión en el que estamos todos embarcados pierde remaches de continuo y siete de los que flojean son responsabilidad directa nuestra. Deberíamos tener la decencia y la dignidad de dejarlos bien asegurados.

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