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Hasta la fecha se han descrito unas quinientas especies

Conos: letales caracoles marinos

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Texto y fotos: Arturo Valledor de Lozoya

Los conos, caracoles marinos así llamados por la forma de su concha, son conocidos por la enorme capacidad venenosa de algunas de sus especies. Otras se han hecho célebres por el elevado valor que llegaron a alcanzar sus conchas en el pasado. Ahora, recientes investigaciones sobre el complejo veneno de estos gasterópodos auguran prometedores fármacos para tratar enfermedades neurológicas.
Una playa en las paradisiacas islas Seychelles. Provisto de gafas submarinas, tubo y aletas, un turista bucea en el arrecife de coral próximo, cautivado por las formas caprichosas de los corales y los vivos colores de los peces. De pronto le llama la atención una bella caracola semienterrada en la arena. Llevado por la fascinación hacia las conchas que no ha abandonado al hombre desde la Prehistoria, la coge. Pocas horas después fallece en el pequeño hospital de Victoria, capital de Seychelles. La causa: parada cardiorrespiratoria por picadura de cono.

El escenario de este luctuoso accidente podría haber sido igualmente Indonesia, Filipinas, Tailandia, Kenia, Tahití, Mauricio o Australia, porque la distribución geográfica de los conos es muy amplia. Comprende todos los mares tropicales y subtropicales del planeta, incluido el Mediterráneo, donde es común una pequeña e inofensiva especie: el cono ventrudo (Conus ventricosus o C. mediterraneus), la única de la familia que habita en las costas europeas.

La familia de los conos (Conidae) está integrada por un solo género, Conus, aunque últimamente se ha incluido en ella a otro género llamado Conopleura, antes asignado a los túrridos (Turridae). Del éxito del género Conus, uno de los más modernos y evolucionados de todos los gasterópodos, pues apareció en el Eoceno, hace unos 50 millones de años, habla su extraordinaria diversificación, ya que de momento hay descritas más de 500 especies. La mayoría de ellas habitan en el Indopacífico y en el Atlántico occidental, dentro de un rango batimétrico que va desde la zona litoral hasta los 500 metros de profundidad. Los arrecifes de coral son su principal biotopo. En un solo arrecife del Indopacífico pueden encontrarse una treintena de especies, con longitudes que oscilan entre los 0’5 y los 25 centímetros.

Jeringas de disparo y agujas desechables
Todos los conos, sin excepción, son carnívoros. Unos ejercen como depredadores de peces, otros de gusanos y otros de gasterópodos, incluidos los propios conos. Cada especie está especializada en uno de estos tres tipos de presas, pero predominan con mucho las vermívoras, es decir, las que se alimentan de gusanos. Localizan a sus presas mediante los estímulos que les llegan a través de su sifón bombeador de agua hasta el osfradio, un órgano olfativo situado junto a la branquia, ya que su visión es pobre y suelen por ello cazar de noche. Una vez detectadas, las arponean con un aguijón que los conos expulsan por el extremo de la trompa o probóscide, órgano con enorme capacidad para alargarse y dilatarse, en cuya base se encuentra la boca. El aguijón sirve para inocular un potente veneno del que luego hablaremos.

Los aguijones de los conos son en realidad dientes libres de la rádula, la lengua dentada como una lima propia de todos los caracoles. La rádula de la familia Conidae, que formaba con Turridae y Terebridae el antiguo suborden Toxoglossa (lengua venenosa), carece de función roedora al haber perdido todos los dientes centrales y laterales. Sólo cuenta con dos hileras de dientes marginales muy modificados, ya que cuando crecen se enrollan sobre su eje para formar un tubo o cucurucho afilado, hueco y con uno o más ganchos cerca de la punta, como un arpón. Estos peculiares dientes se originan en el llamado saco radular, el cual se abre a la faringe del cono en la base de la trompa, y alberga entre diez y cincuenta de ellos en distintas fases de crecimiento, unidos a la pared del saco por un ligamento. Una vez maduros, los conos desplazan estos dientes de uno en uno al extremo de la trompa, a fin de tenerlos listos y expulsarlos tan pronto como dicho órgano entre en contacto con una presa. El tiempo que transcurre entre el contacto y la expulsión del aguijón es de 250 a 300 milisegundos. No obstante, la expulsión propiamente dicha se produce en sólo un milisegundo, por lo que se trata del movimiento más rápido conocido en un ser vivo, sólo igualado por el cierre de las mandíbulas de la hormiga Odontomachus. Tal dispositivo balístico de alta velocidad se debe a la presión hidrostática generada en la luz de la trompa por la contracción de las fibras musculares de su pared. De este modo, el veneno es inoculado por un sistema de inyección en el que la trompa sirve de jeringa y el aguijón de aguja de un solo uso, además de arpón que empala y retiene a la presa. En cuanto al veneno, se produce en un tejido glandular que tapiza interiormente el conducto de un bulbo o bolsa, que lo almacena y lo impulsa al saco radular donde se encuentran los aguijones de reserva.

Los conos que depredan sobre peces utilizan un aguijón cada vez, mientras que los que cazan moluscos y gusanos suelen usar varios, a veces media docena. Los aguijones de las especies piscívoras son largos, de hasta 20 milímetros, y tienen dos o tres ganchos junto a la punta. Los de las especies que cazan moluscos y gusanos son más cortos, de 0’2 a 2’5 milímetros, y tienen uno o dos ganchos, pequeños dentículos como los de una sierra y un abultamiento en su base que sirve para retenerlos en la trompa cuando la presa ha sido arponeada. De esta forma el cono puede cobrarla aunque se refugie bajo la arena. Una vez paralizada, desaparece en cuestión de instantes succionada por la trompa dilatable. Como carecen de dientes roedores, los conos predigieren a sus presas gracias a las enzimas que contiene su saliva; luego absorben por la boca la papilla resultante y expulsan por la trompa los restos no aprovechables.
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