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Un escenario para la conservación de fauna amenazada

Un escenario para la conservación de fauna amenazada

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Un escenario para la conservación de fauna amenazada
Al margen de su importancia estratégica, las islas Chafarinas son un laboratorio al aire libre
donde se desarrollan varios proyectos de
conservación de fauna, protagonizados por

especies tan llamativas como la pardela
cenicienta, la gaviota de Audouin, un
pequeño eslizón endémico del norte

de África y la lapa Patella ferruginea.
Junto al islote Perejil y los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, las islas Chafarinas completan el grupo de pequeñas posesiones españolas que salpican la costa norte marroquí. Se encuentran a unas 27 millas marinas al este de Melilla, pero sólo a 2’5 de Cabo del Agua –Ras el Ma en árabe –, el punto más próximo del continente africano. Allí cerca desemboca el río Muluya, a un paso de la frontera entre Marruecos y Argelia, una cuña de aridez por la que penetran especies propias del desierto hasta las orillas mismas del Mediterráneo. Por ejemplo, la lagartija rugosa (Acanthodactylus boskianus), un reptil típicamente sahariano, puede encontrarse en las playas de Ras Quebdana y Saidia (1), visibles desde las Chafarinas.

El archipiélago se compone de tres pequeñas islas bautizadas con los nombres de Congreso (22’5 ha), Isabel II (15’9 ha) y Rey Francisco (12’7 ha), cuya superficie conjunta ronda las cincuenta hectáreas. A comienzos del siglo XX, durante la época del Protectorado Español en Marruecos, la isla de Isabel II llegó a contar con unos 2.000 residentes fijos, aunque hoy carece de población estable. Sus únicos habitantes humanos se reparten entre una pequeña guarnición formada por Regulares de Melilla y Compañía de Mar, al mando de un teniente, y los investigadores alojados en la Estación Biológica, que tiene una capacidad máxima de doce personas. La ocupación actual responde al reparto administrativo del territorio entre los ministerios de Defensa y Medio Ambiente. Las Chafarinas están cerradas al turismo y, en este sentido, su interés no pasa de ser estratégico o científico. Y, por lo que respecta a la ciencia, son uno de esos laboratorios milagrosos donde todavía pueden emprenderse trabajos de campo casi al margen de la influencia humana.
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