Editorial

Cerebros de topillo

Miércoles 22 de octubre de 2014
El hecho de caer una y otra vez en el mismo error se define en castellano con una sonora palabra: contumacia. Contumaces son los agricultores de Castilla y León, cuando reclaman más veneno en su batalla –perdida de antemano– contra los topillos, contumaces son los alcaldes que les siguen la corriente y contumaces son los políticos que no se atreven a desairarlos. Menos aún, con unas elecciones generales a la vuelta de la esquina. Si los agricultores quieren veneno, se les da veneno, aunque no sirva de nada. Como, en efecto, no sirve de nada, ahora piden un veneno más fuerte y los políticos, mirando de reojillo a las urnas, se lo vuelven a dar, aunque tampoco sirva de nada. Ya se les dijo que era inútil entonces y volverá a ser inútil de nuevo. El problema del veneno no es ya sólo que sea inútil, sino que además es pernicioso para todo el ecosistema en su conjunto, que incluye el entorno en el que se desenvuelven los propios afectados. En su desesperación, llevan camino de convertir una simple plaga en una auténtica catástrofe. En esta disparatada situación cobran mayor sentido aquellas sabias palabras de Carlos M. Herrera en Quercus, cuando titulaba uno de sus artículos: “Cada problema complejo tiene siempre una solución sencilla, que generalmente es errónea”.

En una de esas, la aplicación de alguna tanda de veneno, llámese clorofacinona o bromadiolona, vendrá a coincidir con un declive espontáneo de los topillos, algo perfectamente natural después de haber registrado un crecimiento explosivo, y se sacará la falsa conclusión de que por fin se ha acertado con la solución “sencilla” al problema “complejo”. Ya dijo Einstein que sólo había dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana (y de la primera no estaba muy seguro).