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De quimeras incomparables y otras rarezas

Historia novelesca de una concha maldita

Texto y fotos: Arturo Valledor de Lozoya

Miércoles 22 de octubre de 2014
Aparte de ser la especie más cara del actual mercado de conchas, la quimera incomparable se ha ganado fama de ser portadora de desgracias para sus propietarios. Al igual que ella, las pleurotomarias son raras y caras, pero no parece que atraigan la mala suerte.


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Desde que a finales del siglo XVII se extendió la práctica de coleccionar conchas, las de algunas especies cuya belleza iba pareja a su rareza se hicieron casi míticas por los altos precios que los coleccionistas han pagado por ellas. Así ocurrió, por ejemplo, con el escalárido precioso (Epitonium scalare), el llamado “nautilo de cristal” (Carinaria cristata) o los conos apodados “sin par” y “gloria del mar” (Conus cedonulli y C. gloriamaris). Estas y otras especies, antaño conocidas a través de muy pocos ejemplares, hoy se consideran mucho menos raras. Tal cambio en la apreciación que los malacólogos y los coleccionistas de conchas teníamos de ellas ha ocurrido en las últimas décadas y se ha debido al descubrimiento de las localidades donde viven, a la facilidad de acceder hasta ellas en avión y al uso de la escafandra autónoma y de las redes de arrastre para obtenerlas. Por ejemplo, de las cipreas de dientes blancos y manchas blancas (Cypraea leucodon y C. guttata) se conocían en 1962 dos y dieciséis ejemplares, respectivamente. Ahora hay varios centenares de la primera y miles de la segunda. Por su parte, la voluta de boca dorada (Cymbiola chrysostoma) era conocida por unas pocas conchas que, colectadas en el siglo XVIII, se conservaban en varios museos de Holanda con unas etiquetas que indicaban ambiguamente proceder de las Indias Orientales; pero en 2001 un arrastrero dragó gran número de ellas en Sula, una de las islas Molucas. Aún más extremo fue el caso de la voluta de María Emma (Cymbiola mariaemma), porque de esta especie descrita en 1858 no había más que el holotipo que, sin localidad de origen, se guarda en el Museo de Historia Natural de Londres. Pues bien, nuevos ejemplares aparecieron en 1994 en Sulawesi, nombre actual de las islas Célebes. De este modo, los malacólogos y aficionados a las conchas que ya tenemos cierta edad hemos podido ver, incluso tener en nuestras colecciones, especies que fueron tan legendarias como lo habían sido para las generaciones precedentes y de cuyo aspecto no teníamos más pistas que un dibujo o una fotografía en algún libro. Pero, una tras otra, en los últimos años han perdido su carácter legendario.

En este panorama desmitificador, parece insólito el reciente descubrimiento de otra especie que ha superado todos los récords de valor comercial. Por añadidura, su historia es tan novelesca que, pese a que la mayoría de los aficionados todavía no la conozcan, ya forma parte por derecho propio de esa “mitología malacológica” a la que antes aludíamos.

El sueño de cualquier coleccionista
La historia empieza a finales de los años setenta o principios de los ochenta, cuando las redes de arrastre de un barco soviético que faenaba cerca del Cuerno de África sacaron a la superficie tres ejemplares de un gasterópodo semejante a una ciprea de buen tamaño. Su concha, de ocho a nueve centímetros de longitud, mostraba en el labio externo una treintena de conspicuos dientes blancos que contrastaban con el elegante, aunque algo fúnebre, color caoba oscuro del resto de la concha. Los ejemplares debieron permanecer en los fondos de alguna institución científica de la antigua URSS o en manos de alguien que trabajaba allí. El caso es que nadie se dio cuenta de que pertenecían a una especie todavía por nombrar o que, si esto fue advertido, nadie tuvo el suficiente interés o los conocimientos necesarios para hacerlo. Tras la disolución de la URSS, dos de los ejemplares pasaron misteriosamente al American Museum of Natural History de Nueva York y el tercero a la Smithsonian Institution de Washington, en cuyas colecciones quedaron a la espera de ser estudiados por un malacólogo especialista en cipreas.

Pero ocurrió que, en 1993, otro arrastrero obtuvo dos nuevos ejemplares de la misma especie a un centenar de metros de profundidad en aguas de Somalia. El pescador somalí que los había hallado se los envió a Bruno Briano, un marchante de conchas italiano con el que tenía contacto comercial, pues ya le había proporcionado otras especies raras de la zona, como cipreas de Broderip (Cypraea broderipi) y volutas festivas (Festilyria festiva). Briano consultó con el también marchante Guido Poppe, un belga residente en Filipinas de quien, haciendo paráfrasis de su apellido, bien podría decirse que es el actual “pope de las conchas”, aparte de un prestigioso malacólogo y autor de varios libros. Tras la consulta, Briano se apresuró a publicar el hallazgo de la nueva especie antes de que los americanos le tomaran la delantera. En un trabajo aparecido ese mismo año con el título de Descrizione di un nuevo genere e una nuova specie di Cypraeidae dalla Somalia la dio el nombre, tan sugestivo como comercial, de “quimera incomparable” (Chimaeria incomparabilis). Añadió una “i” al nombre de origen griego “chimaera”, ya que, desde Linneo, lo ocupa un género de peces cartilaginosos cuya especie más representativa es precisamente la quimera (Chimaera monstrosa). Briano se puso luego en contacto con Philippe Bouchet, otro prestigioso malacólogo del Museo de Historia Natural de París, y, a cambio de valioso material, cedió a dicha institución uno de sus dos ejemplares, el designado como holotipo de la nueva especie. El otro, el paratipo, se lo quedó para su propia colección o para hacer más adelante una buena venta. En este punto hay que señalar que muchos coleccionistas de conchas lo son en especial de cipreas y algunas especies raras alcanzan precios verdaderamente altos. Así pues, ¿cuánto podría valer una ciprea que, además de grande, atractiva, con nombre sugerente y procedente de un país complicado de visitar y de una zona batimétrica difícil de prospectar, pertenecía a una especie nueva y a un género que, por añadidura, era asimismo nuevo? En fin, que, comercialmente hablando, la quimera incomparable lo tenía todo para ser una “bomba de coleccionistas”.