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La incorporación del evolucionismo en España

Darwin y Graells / 200 Aniversario (1809-2009)

Por Santiago Aragón

Miércoles 22 de octubre de 2014
En contra de lo que pudiera parecer, las ideas darwinistas llegaron a España poco tiempo después de que se publicara El origen de las especies en el año 1859. Por aquel entonces, la figura señera de las ciencias naturales era Mariano de la Paz Graells, estricto contemporáneo de Darwin, aunque fueron sus alumnos los que se encargaron de difundir el nuevo paradigma.

En el invierno de 1809, pocos días antes del nacimiento del naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882), venía al mundo en un pequeño pueblo riojano Mariano de la Paz Graells (1809-1898), controvertido personaje que durante buena parte del siglo XIX ejerció como mandarín absoluto de la historia natural española. Esta coincidencia en la biografía de ambos naturalistas, más que provocar una injustificada comparación entre dos personajes históricos que vivieron realidades completamente distintas, se convierte en una excusa perfecta para tratar de entender cómo se incorporó en España un nuevo paradigma en biología, ciencia que, durante la segunda mitad de dicho siglo, abandonaba la discusión morfológica clásica, centrada en el organismo, para encarar un nuevo marco de reflexión ecológico que afianzaba su andamiaje en los postulados evolucionistas enunciados por el autor británico.

Sobra decir que el legado intelectual de Darwin queda fuera de todo alcance. Sin embargo, no está de más recordar que su difusión fue obra de otros naturalistas que se enfrentaron con la realidad local. Ellos vencieron las trabas opuestas por los defensores de la biología tradicional, una disciplina anclada en un fijismo de inspiración bíblica que defendía la inmutabilidad de las especies o, como mucho, en un transformismo moderado que sólo admitía ligeros cambios superficiales y reversibles en caracteres lábiles como, por ejemplo, el espesor del pelaje en los mamíferos. Y es que la ciencia, como cualquier otra actividad humana, se yergue sobre un entramado que funde sus raíces con las del resto de las ocupaciones de nuestras sociedades. La economía, la política, la historia o las creencias no le son ajenas sino que, por el contrario, ayudan a entender tanto los pequeños matices como las grandes diferencias culturales que existen entre las distintas tradiciones científicas nacionales.

En el caso español, el inicio del siglo XIX estuvo marcado por la inestabilidad política generada por la ocupación del país por las tropas napoleónicas y por la Guerra de la Independencia. Un periodo difícil que marca la transición entre las épocas moderna y contemporánea según el cómputo histórico local. La llegada de las ideas innovadoras de la Francia revolucionaria, y su propagación entre los estratos ilustrados de la sociedad española, dan el tono a esas primeras décadas de la centuria. Inicialmente confrontado a la monarquía absolutista de Fernando VII, el pensamiento liberal plasmado en la Constitución de 1812 acabará por imponerse durante el periodo isabelino. Hacia los años finales de la década de 1830 el Antiguo Régimen se puede considerar ya superado. Pese a todo, las sospechas frente a los posibles abusos de poder de la monarquía van a durar mucho más tiempo y son la causa de un final de siglo muy agitado, caracterizado por la inestabilidad de los diferentes gobiernos que se van sucediendo, incluido el de la primera tentativa republicana española entre 1873 y 1875 que pronto será reemplazada por una nueva Restauración borbónica.