Editorial

La funesta conexión entre Asia y África

Miércoles 22 de octubre de 2014
El dato es escalofriante: 633 rinocerontes fueron abatidos ilegalmente en Suráfrica a lo largo del año 2012, según fuentes gubernamentales. De ellos, 395 murieron en el Parque Nacional Kruger, es decir, más de un 62%. También es cierto que todas las detenciones de cazadores furtivos, hasta un total de 67, tuvieron lugar dentro de ese mismo espacio protegido, de resonancias míticas para los amantes de la fauna silvestre. Las cifras son todavía peores si se comparan con las de años precedentes: 333 rinocerontes en 2010 y 448 en 2011, 146 y 252 de los cuales fueron cazados en Kruger. En otras palabras, los furtivos son cada vez más eficaces y las poblaciones afectadas están sufriendo una presión muy por encima de lo tolerable.

¿Por qué? Pues porque en este mundo traidor que hemos creado todo se rige por las leyes de la oferta y la demanda. Vaya uno a saber las razones concretas, pero resulta que una parte considerable de los 1.300 millones de ciudadanos chinos está convencida de que el polvo de cuerno de rinoceronte tiene múltiples virtudes medicinales y, sobre todo, es un potente anticancerígeno. Sin base científica alguna, pero esa es la realidad. Así que basta una creencia extendida en un grupo humano lo suficientemente amplio para que sus sacudidas se perciban en el otro hemisferio. Únase a esta creencia el pujante capitalismo chino, como bien apunta nuestro Detective Ecológico en las páginas siguientes, y ya tenemos montado un nuevo ejemplo de exportación de impactos ambientales.

A los elefantes no les van mejor las cosas que a los rinocerontes y la trama se entreteje en similares circunstancias. Tailandia es el mayor mercado de marfil del mundo. Allí es legal la venta de artesanía basada en los colmillos que procedan de elefantes indios domesticados. Pero, claro, es muy fácil dar gato por liebre. De manera que muchos turistas se llevan de recuerdo una estatuilla que, vista desde otra perspectiva, podría considerarse el cuerpo del delito. El WWF acaba de pedir a la primera ministra tailandesa, Yingluck Shinawatra, que prohíba el mercado de marfil en su país y ayude con ello a evitar una masacre de elefantes africanos. Otro impacto exportado a miles de kilómetros.

Para remate, en el tráfico ilícito de fauna han entrado de lleno las redes criminales que operan a escala internacional, las mismas que también controlan el comercio paralelo de armas, drogas e incluso personas. Allí donde hay un buen negocio, nunca falta alguien con pocos escrúpulos. Máxime si genera grandes beneficios a costa de pocos riegos y las ofertas circulan impunemente por Internet.


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