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Alfred Russell Wallace: el naturalista a la sombra de Darwin

Miércoles 22 de octubre de 2014
El 7 de noviembre se cumplen cien años de la desaparición de Alfred Russell Wallace, famoso por ser el codescubridor de la teoría más importante de las ciencias naturales: la evolución por selección natural. Pero hoy en día suele recordarse más por su papel como acicate para que Darwin publicara su gran libro, El origen de las especies, donde dicha teoría fue expuesta por primera vez en extenso.

Santiago Merino


En junio de 1858 Charles Darwin recibía una carta de su compatriota Alfred Russell Wallace desde el archipiélago malayo. Esto no era ninguna sorpresa. Ambos habían intercambiado cartas últimamente, no sólo tras publicar Wallace un artículo sobre las leyes que regulan la introducción de nuevas especies, sino también como consecuencia de la extensa red de corresponsales a los que Darwin solicitaba información y ayuda para conseguir animales domésticos de todo el mundo, muy importantes en sus estudios sobre el origen de las especies.

El trabajo de Darwin había comenzado hacía ya muchos años, pues, como era característico en él, trataba de respaldar cada una de sus propuestas con concienzudos y detallados aportes de todo tipo de pruebas y datos disponibles. Sin embargo, la carta que acababa de abrir incluía algo más que datos para sus investigaciones. En ella, Alfred Russell Wallace le enviaba una teoría para explicar el origen de la variedad en los seres vivos. El titulo del que ahora conocemos como Manuscrito de Ternate era Sobre la tendencia de las variedades a separarse indefinidamente del tipo original (1). Darwin debió quedarse pálido. El documento podía considerarse un perfecto resumen de la teoría de la evolución por selección natural en la que llevaba tanto tiempo trabajando y de la que había escrito un primer bosquejo allá por 1844. Wallace solicitaba a Darwin que, si lo consideraba apropiado, le hiciera llegar el manuscrito a Charles Lyell, uno de los científicos británicos más prominentes de la época. Aquel día y aquella carta no sólo cambiaron las vidas de Darwin y Wallace, sino también el discurrir de la ciencia y nuestra comprensión de la naturaleza y de la vida.

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