Editorial

Los que supieron decir no

Miércoles 22 de octubre de 2014
Las costas españolas están de enhorabuena. También lo están nuestros espacios naturales protegidos. El pasado 10 de mayo, Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, anunció que el enorme hotel construido al pie de la playa de El Algarrobico, dentro del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar (Almería), iba a desaparecer y que la zona afectada se restauraría para devolverla a su estado original, es decir, como estaba antes de las obras. Esperamos más pronto que tarde el momento en el que las máquinas derriben el último tabique de este colosal monumento a la destrucción litoral de más de veinte plantas. Se habrá hecho entonces real el sueño de un pequeño grupo de personas que un día se plantaron, convencidos de que algo había que hacer.

A principios de marzo de 2005, la gente de Amigos del Parque Natural Cabo de Gata, que ha aglutinado buena parte de esta oposición ciudadana, invitó a Quercus a visitar la zona. Por aquel entonces, el caso de El Algarrobico apenas era conocido. Frente a la mole del hotel, ya bastante avanzado, nos contaron con cierto derrotismo que llevaban años tratando de frenar la invasión urbanística del tramo más bello y singular del Mediterráneo español.

Seguramente ni ellos mismos preveían la repercusión que obtendría su protesta en los meses siguientes. Los acontecimientos se precipitaron cuando Greenpeace asumió sus reivindicaciones y en noviembre ocupó el hotel durante tres días y dos noches para pedir la demolición. La acción terminó cuando el Ministerio de Medio Ambiente reconoció que el edificio era ilegal por ocupar la zona de servidumbre de protección de costas. Luego vino la resolución judicial que ordenó parar las obras y la apertura de un expediente de infracción contra España por parte de la Comisión Europea, mientras la Junta de Andalucía, con ineludibles competencias urbanísticas y ambientales en el caso, se veía cada día más presionada a asumir sus responsabilidades. Algo a lo que finalmente ha accedido al decidir ejercer el derecho de retracto para hacerse con la propiedad de los terrenos afectados y poder así echar abajo el hotel.

No sólo se ha salvado una playa protegida, bellísima por cierto. El Algarrobico es un serio aviso para otros desmanes urbanísticos en el interior de los espacios protegidos o su área de influencia. Sin salirnos del cabo de Gata, ahí están por ejemplo los casos aún no resueltos de la urbanización Marina de Agua Amarga o del hotel de la playa de La Fabriquilla. En este mismo número de Quercus (págs. 68 y 69) alertamos sobre la amenaza que se cierne sobre la sierra litoral de Escalona (Alicante), seleccionada para su incorporación a la red europea Natura 2000.

Para hacer justicia, El Algarrobico tendría que recordarse a partir de ahora como el fruto de una ardua campaña ecologista que debiera ser todo un soplo de esperanza para quienes, de forma anónima y sacrificada, trabajan ahora mismo a escala local para impedir otras agresiones ambientales. No se ha podido hacer mejor homenaje a todos aquellos que, en su momento, supieron decir no.