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El retorno de una reina

Perfectamente adaptado para desenvolverse en las frías aguas del río, este macho adulto de nutria (arriba) prospecta una parte del cauce que forma parte de su vasto territorio (foto: Segundo Grijalvo).
Lunes 02 de enero de 2023

Amanece un día de otoño en la Galicia atlántica y los primeros rayos solares conjuran un paisaje mágico a orillas del río. Es como si las nieblas naciesen aquí. De pronto, un sutil movimiento en la superficie del agua delata la presencia del mayor depredador de nuestros cauces fluviales: la nutria (Lutra lutra).



Por Segundo Grijalvo Bañuelos

Aparece bajo una maraña de ramas que insinúan acariciar la fría corriente. Me observa por un instante con aparente indiferencia y se zambulle. Se siente la reina. Estos son sus dominios. Nunca mejor dicho, se mueve como pez en el agua, buceando y rebuscando en el lecho de arena. No tarda en aparecer con una anguila a la que devora al instante. Es una escena que he contemplado infinidad de veces en los últimos años, aunque no deja de sorprenderme. ¡Con que aparente facilidad un ejemplar adulto y experimentado es capaz de capturar a sus escurridizas presas!

No siempre fue así. Hasta hace una década, las poblaciones de nutria estaban contra las cuerdas en esta zona del noroeste peninsular. Hábitats deteriorados, caza ilegal, ahogamientos en redes de pesca, atropellos... Problemas que dibujaban un destino incierto. Pero, poco a poco, las nutrias fueron recolonizando las masas de agua en las que hoy reinan: ríos, embalses, puertos, costas e incluso algunas playas abarrotadas de turistas. A su favor ha jugado su gran capacidad de adaptación y la ventaja de alimentarse de lo que haya: anguilas, salmónidos, lampreas, crustáceos, anfibios, aves. Un animal oportunista, pero a la vez muy especializado en las presas que más abundan, como he podido comprobar a lo largo de estos años. Diferentes nutrias han terminado por hacerse expertas en ciertos lances de pesca o de caza, según las circunstancias. Aun así, el aprendizaje de los jóvenes requiere su tiempo y por eso dependen de su madre por completo durante varios meses. Será ella quien les procure alimento, les enseñe a cazar y a desarrollar las habilidades necesarias para establecerse después en su propio territorio. Ese será el momento más crítico, cuando tengan que valerse por sí mismas. No todas lo consiguen.

Sin programas específicos de recuperación, ni fondos públicos, especies como la nutria han podido recolonizar sus antiguos territorios. Es esperanzador lo mucho que se puede conseguir con tan poco. La regla es muy sencilla: si conservamos el medio donde viven, salvaremos también la vida salvaje, la biodiversidad y la salud del planeta.


AUTOR
Segundo Grijalvo Bañuelos
segundogrijalvo@gmail.com