Editorial

Las aves no viven del aire

Miércoles 31 de mayo de 2023

En el imaginario popular, las aves se han visto siempre como emblemas del libre albedrío, ajenas a las preocupaciones y las ataduras humanas. Queda establecido incluso en los Evangelios: “Fijaos en las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta” (Mateo, 6: 26). Lamentablemente, no siempre es así. Por las páginas de Quercus ha desfilado una larguísima nómina de aves en dificultades. En este mismo número de la revista, sin ir más lejos, tenemos el ejemplo de la alondra ricotí, cuyas poblaciones se han visto considerablemente mermadas a raíz de la tormenta Filomena (págs. 58-59). Una muestra evidente de que el mero azar, la mala suerte, los inevitables factores estocásticos, pueden dar la puntilla a una especie ya debilitada y vulnerable.

Más que vulnerable. En términos estrictamente legales, tanto la alondra ricotí como el sisón han sido recientemente incluidos en el Catálogo español de especies amenazadas con la categoría de “En Peligro de Extinción”. A ambas les iba mejor antaño, cuando España era un país rural y el campo estaba poblado de agricultores y ganaderos. Había entonces grandes estepas cerealistas sometidas a un régimen de explotación liviano, entreveradas de lindes, barbechos y regatos, sin concentración parcelaria y poca agroquímica, lo cual beneficiaba al sisón. También había planicies poco productivas, aquellos “eriales a pastos”, que el ganado extensivo aprovechaba con parsimonia, dando lugar a un peculiar ecosistema que favorecía a la alondra ricotí. Todo eso ha caído en decadencia y ambas aves han seguido su estela.

Tampoco lo tiene fácil el aguilucho cenizo, que este año se ha visto indirectamente afectado por la sequía. Una rapaz que también prosperaba en los campos antiguos, cuando la tracción era animal y los cereales tardíos. Con las variedades tempranas y la mecanización de la siega, a los aguiluchos se les ha echado el tiempo encima. Anidan en el suelo, entre la mies, expuestos a unos cambios demasiado rápidos para sus ancestrales costumbres. Al adelanto de las variedades tempranas se suma ahora una cosecha primaveral que busca sortear la sequía y sacar algo de rendimiento, aunque sea como forraje para el ganado. La Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife) ha declarado muy oportunamente al aguilucho cenizo como Ave del Año 2023, pues la falta de agua y el escaso desarrollo del cereal han hecho que los lugares adecuados para nidificar sean este año menos y peores.

Lógicamente, la escasez de lluvias y la creciente demanda de agua se ha reflejado en las aves acuáticas. En Doñana –¡siempre Doñana!– la mayor parte de las especies reproductoras sufren un acusado descenso desde hace más de diez años, agudizado si cabe a partir de 2019. Según un reciente informe de SEO/BirdLife, el problema se extiende a la invernada, ya que los ánsares comunes han pasado de 40.000 a 10.000 ejemplares, el registro más bajo desde que tenemos datos. ¿Qué estará ocurriendo en otros espacios naturales, protegidos o no, mucho peor prospectados que Doñana?

Las poblaciones, como las cosechas, siempre han fluctuado de forma natural. Hay años mejores que otros. Adolecemos, es cierto, de una amplia perspectiva temporal, que nos permita valorar los cambios en su justa medida. Pero las tendencias son tozudas e inquietantes. SEO/BirdLife reclama a los organismos internacionales con competencias en la gestión de Doñana que intervengan urgentemente para salvar el humedal, sumido en la peor crisis de su historia reciente. Asunción Ruiz, directora ejecutiva de esta ONG, evoca las veneradas figuras de Francisco Bernis y José Antonio Valverde: “si ellos lo consiguieron hace más de setenta años, ¿cómo no vamos a ser nosotros capaces de volver a salvar Doñana, con todo lo que hemos avanzado en conocimiento científico, legislación ambiental y sensibilidad de la población?”

La guinda la han puesto varios miembros del CREAF, un centro de investigación radicado en Barcelona, que acaban de publicar un artículo en el que demuestran que la principal causa del declive de las aves en toda Europa es la extensión de los monocultivos intensivos a lo largo de los últimos cuarenta años.