Editorial

Hagan hueco

Jueves 30 de noviembre de 2023

En la sección que consagra a la Filosofía Natural, Alejandro Martínez-Abraín nos advierte de que tendremos que ir acostumbrándonos a un futuro en el que la convivencia con los carnívoros será más estrecha (págs. 12-13). No sólo con los carnívoros, sino también con otros depredadores apicales como las orcas. De hecho, hemos vuelto a tener un verano trufado por la polémica sobre sus encuentros con embarcaciones deportivas en Galicia. Tanto las leyes en defensa de la biodiversidad como el cese de la actividad ballenera empiezan a dar sus frutos. Hasta la fecha, no se ha producido ninguna incidencia importante, pero es cuestión de tiempo. Entonces, los partidarios de resolver a tiro limpio los problemas ambientales volverán a la carga con su gastado argumentario. Dadas las circunstancias, lo que se impone es un nuevo pacto de coexistencia con la fauna, no exento de escollos, eso seguro. Pero el campo se ha despoblado y las ciudades no dejan de crecer. La naturaleza sigue su curso y todavía hay quien se extraña de que los jabalíes campen a sus anchas.

Precisamente el jabalí es una de las presas tradicionales del lobo. Aunque, desde luego, no una presa fácil. Al menos no tanto como las atolondradas ovejas. De ahí que apliquen la ley del mínimo esfuerzo y causen daños al ganado. José Fajardo, en su charla con Javier Barbadillo sobre los paisajes de las vías pecuarias (págs. 6-7), comenta que los antiguos caminos ganaderos son los mismos que seguían los herbívoros salvajes en sus migraciones estacionales, seguidos por lobos y otros depredadores atentos a cualquier oportunidad. Y, en la sección de Cambio Global (págs. 54-56), Salvador Herrando y Mariano Rodríguez explican cómo los lobos de una isla de Alaska han cambiado de dieta para sustituir a los ciervos por nutrias marinas. Sí, sí, un carnívoro terrestre alimentándose de otro carnívoro, pero marino. Las circunstancias nunca son las mismas y las especies deben tener capacidad de adaptación si quieren sobrevivir.

En este Quercus que, sin pretenderlo, nos ha salido muy lobero, hay también lobitos buenos, como el del poema de José Agustín Goytisolo, el de un capitán inglés del siglo XIX apellidado Hare o los que se criaban a biberón en una finca de Wyoming (págs. 10-11), protagonistas de la sección que firma Santos Casado. Por no hablar, claro está, de la nutrida comunidad de carnívoros que habita en la zamorana Sierra de la Culebra, bastión histórico del lobo, pero refugio asimismo de otras muchas especies (págs. 22-26). Un trabajo, por cierto, que pudo hacerse antes de los pavorosos incendios que sacudieron la zona durante el verano pasado y que sería interesante repetir.

También recorre las páginas de esta revista el meloncillo, un animal discreto que ha empezado a verse con frecuencia creciente. Los amigos de quemar pólvora se han apresurado a solicitar que se incluya en la lista de especies cinegéticas (pág. 40), no vaya a ser que represente un peligro para la caza menor. Afortunadamente, la propuesta ha quedado desechada en una reciente jornada técnica organizada por la Universidad de Córdoba. Finalmente, una noticia más nos informa de que a lo largo de este año de 2023 han perecido atropellados al menos diez linces en Doñana y sus tierras aledañas (págs. 38-39). ¿Hay o no hay más carnívoros?

Todo lo anterior demuestra que, en efecto, se vislumbra una nueva época marcada por una mayor frecuencia en las interacciones con la fauna. Una fauna de tamaño mediano a grande, con alta capacidad de desplazamiento y mucho más visible. Seguimos en contacto con el resto, claro está, pero nuestro pasado evolutivo como primates y potenciales presas nos hace más sensibles a quienes pueden representar un peligro. Así que este número 454 de Quercus, con el que la revista cumple 42 años y 10 de autogestión Drososphila –nuestra microempresa editora– , puede interpretarse como un guiño a la modestia, a la generosidad y la convivencia, a ocupar el lugar que nos corresponde en la cada vez más apretada biosfera del siglo XXI. Es preferible compartir antes que excluir, no sólo por razones morales, que también tienen su trascendencia, sino porque en el fondo saldremos ganando con este nuevo contrato social que convendría hacer extensivo a los animales.