El pasado 31 de agosto, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) remitió a la Comisión Europea el proyecto de Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza. Se trata del instrumento con el que nuestro país deberá concretar cómo aplicar el Reglamento sobre Restauración de la Naturaleza de la Unión Europea, pionero por establecer objetivos jurídicamente vinculantes para recuperar ecosistemas degradados. El plan contempla actuaciones sobre más de nueve mil kilómetros cuadrados de todo tipo de hábitats de interés comunitario antes de 2030.
La apuesta es histórica si nos atenemos al espíritu y la letra del reglamento europeo, además de imprescindible si tenemos en cuenta lo que ocurre sobre el terreno. Un artículo de este mismo número de Quercus escrito por investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (págs. 20-25), muestra de qué manera influyen la pérdida y la fragmentación de los hábitats en la biodiversidad y concluye que mantener superficies naturales grandes y conectadas es esencial para numerosas especies. Porque restaurar la naturaleza no puede limitarse a sumar hectáreas recuperadas: hay que reactivar ecosistemas funcionales, favorecer la conectividad y preservar las interacciones ecológicas.
Es cierto que el proyecto remitido a Bruselas deberá ser revisado antes de convertirse en el plan de restauración nacional definitivo, que España tendrá que presentar antes del 1 de septiembre de 2027. Ese periodo debería servir para corregir sus carencias y elevar su ambición, tal y como apuntan las críticas formuladas desde las organizaciones ambientales. Ecologistas en Acción y Fridays For Future denuncian que el documento completo todavía no se ha hecho público y cuestionan que la participación desarrollada hasta ahora haya permitido una verdadera capacidad de incidencia. También consideran insuficientes algunas de las cifras conocidas: por ejemplo, los 288 kilómetros cuadrados de actuaciones marinas y los 65 kilómetros de ríos de flujo libre. Hay además otra cuestión decisiva: desde instancias como SEO/ BirdLife se ha reclamado una línea de financiación propia, estable y finalista que permita mantener las actuaciones más allá de los ciclos presupuestarios y políticos.
Pocos días antes de la presentación por nuestro país del proyecto de Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza, un informe de la UICN lanzado en la COP 17 del Convenio de Lucha contra la Desertificación, celebrada del 17 al 28 del pasado agosto en Ulán Bator (Mongolia), daba una cifra interesante: la de los más de 120 millones de hectáreas sometidas actualmente a restauración, rehabilitación o mejora de su gestión en todo el mundo. Pero señalaba al mismo tiempo que esta superficie apenas representa el 10% de los compromisos nacionales adquiridos en distintos acuerdos internacionales. El dato pone de manifiesto la distancia que puede existir entre los objetivos y su aplicación efectiva. España está ahora aún a tiempo de salvar esa brecha y hacerlo sin perder de vista el horizonte de un éxito que no debería medirse únicamente por las hectáreas comprometidas, sino por las que lleguen realmente a estar restauradas y ser funcionales.
Organismos como la FAO y la propia UICN están advirtiendo de que restaurar la naturaleza no consiste simplemente en plantar árboles, recuperar unos cuantos kilómetros de río o mejorar determinados hábitats. Significa devolver a los ecosistemas su capacidad para sostener biodiversidad y proporcionar servicios esenciales a la sociedad. El reto no es pequeño, pero la recompensa sería incalculable.