Mi primer contacto con el valle de Iruelas (Ávila) fue en la incipiente primavera de 1976. Desde entonces ha sido el lugar más querido de mi vida como naturalista. El devastador incendio del pasado verano no sólo ha arrasado buena parte de estos paisajes. También se ha llevado muchos de los valores naturales que dieron sentido a medio siglo dedicado a conocerlos y defenderlos.
Texto: Carlos Bermejo
Motivado por la localización de los enclaves donde anidaban los buitres negros y otras grandes aves, así como por los viejos tejos que siempre me emociono contemplar y que en buen número había en el valle de Iruelas, empecé junto a mis amigos César San Segundo y Juan Ramón Cuervo a recorrer estas sierras de la provincia de Ávila, labor que después he continuado hasta hoy junto a Isabel Hernández, mi mujer, a la que debo agradecer no sólo su compañía, sino también su implicación en esta actividad que seguramente me acompañará mientras viva.
En estos cincuenta años he pasado muy buenos momentos observando la fauna y la flora o recorriendo el monte a caballo, otra de mis pasiones. Pero no han sido pocos los días que veíamos cómo se abrían nuevas pistas y se talaban, aterrazaban o quemaban laderas, alterando sitios hasta entonces bien conservados. También hemos tenido la oportunidad de conocer a la gente que vivía en la zona, convirtiéndose en nuevos amigos, como Alejandro Rey, Jesús Gil, Carlos Tomás Rodríguez y Máximo López, guardas del entonces ICONA o del Asocio de Ávila, entidad propietaria del monte, y ganaderos como Miguel Varas “Talaverano”, personas entrañables de quienes guardo buenos recuerdos.
AUTOR:
Carlos Bermejo es un naturalista de campo aficionado y vinculado a la naturaleza de la provincia de Ávila en los últimos cincuenta años.
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