Opinión

Más de medio siglo de sobrepesca de ecosistema

Estudio por Marta Coll, Sergi Tudela e Isabel Palomera

Miércoles 22 de octubre de 2014
Los ecosistemas marinos llegan a sufrir cambios en su estructura y funcionamiento debido a los impactos, directos e indirectos, de la sobrepesca. Basándose en una metodología novedosa, un equipo de científicos españoles e italianos ha podido evaluar la magnitud de esas alteraciones desde mediados del siglo pasado y marcar los límites ecológicos de la pesca sostenible en los mares.

Desde mediados del siglo XX, la pesca en los océanos y mares del mundo se ha desarrollado de forma intensa y con carácter industrial, convirtiéndose en un gran negocio. Esto ha sucedido gracias a nuevas tecnologías subvencionadas con subsidios pesqueros, a la expansión del sector hacia áreas no explotadas –por ejemplo, costas de países en vías de desarrollo o zonas de mayor profundidad– y la captura creciente de especies menos accesibles, que no eran tan valoradas o conocidas por los consumidores.

Hoy en día, los principales caladeros se encuentran explotados al límite de sus posibilidades, o en algunos casos, más allá. La pesca, entendida como la última actividad extractiva de animales silvestres a gran escala, se encuentra en una situación difícil. Las capturas marinas oficialmente declaradas han aumentado desde los tres millones de toneladas a principios del siglo pasado hasta los casi cien millones de toneladas en la década de los noventa. Desde entonces, el volumen de capturas se ha ralentizado, como consecuencia de un esfuerzo de pesca claramente insostenible.

Ya a principio de los años setenta se produjo uno de los colapsos más famosos de una pesquería importante: la anchoveta peruana (Engraulis ringens), en el afloramiento de Humboldt. Sus capturas disminuyeron desde unos trece millones de toneladas en 1970 a menos de dos millones cuatro años más tarde, debido a la combinación de una explotación muy elevada y cambios en los factores ambientales. A finales de los ochenta y principios de los noventa se produjo el segundo gran colapso de una especie comercial: el bacalao (Gadus morhua), del Atlántico norte, que no soportó la gran presión pesquera de flotas como la española.

Los descensos de capturas se ven agravados por los impactos, tanto directos como indirectos, que la pesca tiene sobre los ecosistemas marinos. Entre los primeros, la disminución de la abundancia de especies comerciales, y también no objetivo (como aves marinas, tortugas, mamíferos marinos y tiburones), así como la pérdida de diversidad genética. Entre los segundos, la degradación y destrucción de hábitats esenciales y la proliferación de especies inicialmente menos abundantes o no deseadas, como las medusas.

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