Opinión

El ocaso de los lucios de Doñana

Lucio del Membrillo (Doñana) durante el otoño de 2013 (foto: Antonio Rodríguez).

Tribuna

Jueves 30 de junio de 2016

El Cangrejo, Los Ánsares, El Membrillo... Hablamos de los lucios de Doñana, esas suaves depresiones del terreno que son siempre focos de vida salvaje, tanto con la marisma inundada como cuando se seca, al transfigurarse en lagunas aisladas. Pero, ¿hasta cuándo podremos contemplar estos hitos del paisaje doñanesco?

Por Antonio Rodríguez Ramírez



A simple vista la Marisma de Doñana pudiera parecer un territorio de una geografía monótona y carente de geodiversidad, sin embargo nada más alejado de la realidad. Cuando uno se sumerge en su intricado dosel de formas resurgen vetas, caños, quebradas, pasadas, coladas, gavetas y, cómo no, los lucios, esas superficies desprovistas de vegetación y algo más deprimidas que su entorno. En verano destaca su superficie de barro cuarteada, donde la costra salina reluce en el horizonte como un espejo, dando lugar a aumentos grotescos, los espejismos de la Marisma. En invierno el manto de agua los recubre, con toda la diversidad de aves que podamos imaginar.

Muchos fueron los lucios que existieron a lo largo de las 180.000 hectáreas que ocupaban las Marismas del Guadalquivir. Sin embargo todos aquellos que estaban fuera del Parque Nacional de Doñana quedaron borrados por la actividad humana a lo largo del siglo XX. Entre estos el Lucio del Hombre, engullido por la agricultura cerca de lo que hoy es Huerta Tejada; el Lucio Real, que con sus 2.000 hectáreas era el más extenso, en lo que hoy son las piscifactorías de Veta La Palma; los Lucios de Henares y de los Bocoyes, devorados por las salinas de la margen izquierda del río, y los Lucios del Cangrejo, de la Albina y tantos otros.

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