Editorial

Los animales no siempre colaboran

Domingo 29 de marzo de 2026

La palabra clave es “seguimiento”. Y, puestos a precisar, podría hablarse de “seguimiento de fauna”. Mejor aún si tales seguimientos se mantienen a lo largo del tiempo y permiten obtener conclusiones sólidas, basadas en buenas series de datos. Es una herramienta cada vez más importante en biología de la conservación, pues permite enfocar el diagnóstico y ofrecer soluciones basadas en hechos, no en intuiciones.

En este número de Quercus publicamos nada menos que tres artículos sobre el seguimiento de diferentes especies animales y está anunciado un cuarto para la revista de mayo que también se apoya en la misma estrategia de trabajo. Es lo que se ha hecho con los busardos ratoneros en la franja litoral de Barcelona (págs. 12-19), con los mamíferos marinos que aparecen lejos de sus áreas de distribución habituales (págs. 20-25) y con los pumas que han descubierto un filón de presas en los antes escasos pingüinos de Magallanes (págs. 52-54). También coincide con lo que anunciamos para el próximo número sobre dinámica de poblaciones en aves costeras del Báltico, el Mar del Norte y el Mediterráneo occidental. Nada de todo eso podría haberse hecho sin seguimientos meticulosos, metodologías fiables, años de esfuerzo y mucho trabajo de campo. Pero los resultados merecen la pena.

Otra conclusión que también cabría extraer es que Quercus se ha convertido en una plataforma muy adecuada para que estas informaciones circulen y se conozcan fuera de los ámbitos técnicos o profesionales. Si simplificamos mucho el proceso, podría decirse que en unas décadas hemos pasado de publicar censos a ofrecer herramientas de mayor calado y con clara vocación de resultar útiles a la hora de preservar la biodiversidad. Hay mucha información acumulada, cada vez de mayor calidad, y ha llegado el momento de aplicarla. No es que antes no se hiciera, es que ahora tenemos argumentos más fuertes.

Sin embargo, la realidad, siempre terca, al igual que la naturaleza, no se deja controlar tan fácilmente. El método científico es lo mejor que tenemos para interpretarlas, pero seguimos sumidos en un cierto prurito antropológico. Todo gira en torno a nosotros, por ejemplo, en la dimensión temporal. La esperanza de vida en nuestro país es de ochenta años y las trayectorias profesionales duran mucho menos. ¿Es un plazo aceptable? Nuestro colaborador Alejandro Martínez-Abraín, al que hemos consultado al respecto, opina que no. Los ciclos y fenómenos naturales tienden a ser más amplios, de décadas e incluso siglos. De hecho, es muy difícil dar con la escala temporal adecuada.

Además de profesor de Ecología en la Universidad de A Coruña, Alejandro participa en varias investigaciones basadas en seguimientos de fauna. Los datos de todo un año, en dinámica de poblaciones, se traducen en un punto dentro de una curva que va trazándose poco a poco. En cambio, los que se interesan por aspectos concretos y diseñan experimentos de campo para ponerlos a prueba, obtienen resultados mucho más rápidamente. Además de la escala temporal, en los seguimientos cuenta y mucho la escala espacial. No es lo mismo reunir muchos datos de una zona concreta, que pocos y dispersos. Para complicar todavía más el asunto, hay que tener en cuenta no sólo a los territorios donde sabemos que está nuestro objeto de estudio, sino también las zonas vacías, que podría haber ocupado en el pasado o quizá llegue a colonizar en el futuro. En definitiva, que la naturaleza es tan apasionante como esquiva, pero bienvenidas sean las aproximaciones, cuanto más certeras, mejor.


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