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Un año de comportamiento animal

Macho de antílope saiga (Saiga tatarica) en el Centro de Animales Salvajes de Kalmukia (Rusia). Único en su género, el saiga habita en las estepas y zonas semidesérticas de Asia central y Europa suroriental. Cuenta con dos subespecies, una descrita en Kazajistán (Saiga tatarica tatarica), donde se concentra el 80% de sus efectivos, y la otra en Mongolia (Saiga tatarica mongolica), mucho más reducida. El saiga es apreciado localmente por su carne y por las propiedades medicinales que se atribuyen a los cuernos de los machos (foto: Pavel 
Sorokin).
Como en muchos ungulados, la demografía de la especie es sensible a los inviernos severos y a las sequías estivales, que determinan además migraciones anuales en grandes manadas que pueden alcanzar el millar de individuos. No obstante, ha sido la caza ilegal (mediada por una alteración del comportamiento en los harenes) la que ha provocado el declive de esta especie, desde el millón de cabezas estimado en los años setenta hasta los 50.000 individuos actuales. No en vano, la UICN la considera “Críticamente Amenazada” desde 2002. El saiga se ha extinguido ya en China y Ucrania.
Macho de antílope saiga (Saiga tatarica) en el Centro de Animales Salvajes de Kalmukia (Rusia). Único en su género, el saiga habita en las estepas y zonas semidesérticas de Asia central y Europa suroriental. Cuenta con dos subespecies, una descrita en Kazajistán (Saiga tatarica tatarica), donde se concentra el 80% de sus efectivos, y la otra en Mongolia (Saiga tatarica mongolica), mucho más reducida. El saiga es apreciado localmente por su carne y por las propiedades medicinales que se atribuyen a los cuernos de los machos (foto: Pavel Sorokin). Como en muchos ungulados, la demografía de la especie es sensible a los inviernos severos y a las sequías estivales, que determinan además migraciones anuales en grandes manadas que pueden alcanzar el millar de individuos. No obstante, ha sido la caza ilegal (mediada por una alteración del comportamiento en los harenes) la que ha provocado el declive de esta especie, desde el millón de cabezas estimado en los años setenta hasta los 50.000 individuos actuales. No en vano, la UICN la considera “Críticamente Amenazada” desde 2002. El saiga se ha extinguido ya en China y Ucrania.
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Esta sección, Ciencia a pie de calle, se dedicará en 2013 a la etología. Abordará investigación puntera, en unos casos aplicada a la conservación y en otros por el mero interés de algunos comportamientos fascinantes. También destacaremos las dosis de ingenio necesarias para recrear en condiciones de laboratorio la conducta de los animales salvajes. De momento, en esta primera entrega daremos algunos apuntes sobre la frontera entre la etología y la conservación.

Salvador Herrando Pérez
salvador.herrando-perez@adelaide.edu.au
EN UN PLANETA que pronto estará habitado por 7.000 millones de personas, la identidad de la mayoría de nosotros pasa desapercibida para el resto de la humanidad. Sin embargo, en potencia, cualquier individuo es importante porque puede promover cambios a distintas escalas de organización social: familia, asociaciones, barrios, países... Si es así para los humanos, lo es también para cualquier otra especie. No han pasado aún dos décadas desde que muchos ecólogos empezaron a considerar cómo el estudio del comportamiento de los individuos (etología) podría ser aplicado a la conservación de especies animales (1), en lo se denomina “comportamiento de la conservación” (2).

La conexión parece inmediata. Las decisiones que un oso o un cangrejo toman cada día para comer, moverse o buscar pareja afectan tanto a su supervivencia como a su reproducción. Y la suma de esas decisiones, cuando se consideran todos los individuos que componen una población, es relevante para afrontar sus principales problemas de conservación, es decir, atajar los impactos humanos, revertir el declive de las poblaciones afectadas y evitar su extinción.
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