Texto: Jesús López, Carmelo Gómez, Estrella Conde, Manuel Rojo, Adrián Escudero y Ana I. García-Cervigón
Los bosques no sólo proporcionan servicios ecosistémicos esenciales, como la provisión de madera o la protección del suelo frente a la acción erosiva del agua, sino que también desempeñan un papel decisivo frente al cambio global. Además, son herramientas críticas en la lucha contra el cambio climático, gracias a su capacidad para capturar y almacenar carbono, así como aliados imprescindibles para frenar la pérdida de biodiversidad. De hecho, sabemos que casi tres cuartas partes de todas las especies terrestres conocidas de plantas, animales y hongos depende, en mayor o menor medida, de los ecosistemas forestales. Desafortunadamente, la huella humana deja cicatrices profundas en los bosques que son difíciles de sanar. Nuestra influencia ha hecho que pierdan extensión y aparezcan cada vez más fragmentados y degradados. Este problema es acuciante por su intensidad y virulencia en bosques tropicales, pues cada año desaparecen miles de hectáreas de formaciones primarias, antiguas e irreemplazables que albergan una enorme biodiversidad.
Sin embargo, en otras regiones templadas del hemisferio norte, como Europa, la pérdida de masa forestal que ocurrió hace ya tiempo fue mucho más devastadora. A finales del siglo XIX, tanto en España como en otros países europeos, se tomó conciencia del grave problema que suponía la deforestación y la erosión del suelo tras siglos de destrucción y transformación del bosque. Pero no fue hasta el siglo XX cuando se pusieron en marcha los primeros planes de reforestación a gran escala. En España, estos esfuerzos se intensificaron a mediados de siglo con la creación del Patrimonio Forestal del Estado, un organismo específico destinado a restaurar, conservar e incrementar la superficie arbolada del país.
Las actuaciones llevadas a cabo buscaban no sólo garantizar el suministro de madera, sino también frenar la erosión y controlar los riesgos hidrológicos, como deslizamientos e inundaciones, que afectaban a numerosas cuencas deforestadas. En consecuencia, se llevaron a cabo plantaciones masivas de árboles, generalmente con especies de crecimiento rápido, como los pinos, tanto en zonas donde antaño hubo bosques como en áreas donde no se tenía constancia de que los hubiera habido.
AUTORES :
Jesús López Angulo es un apasionado de la naturaleza, en particular de las montañas y las aves. Es investigador postdoctoral en el Instituto de Investigación del Cambio Global (IICG) de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y ha dedicado parte de su vida a concienciar sobre la importancia de conservar la biodiversidad a través de la asociación Naturmente.
Carmelo Gómez Martínez es investigador postdoctoral en la URJC. Ecólogo y entomólogo, se interesa por la polinización, la ecología de comunidades, las interacciones bióticas que estructuran y sostienen los ecosistemas, y, más recientemente, por la biología computacional.
Estrella Conde Raposo es investigadora predoctoral en el IICG de la URJC. Como bióloga siente un especial interés por la biodiversidad, la ecología y el funcionamiento ecosistémico.
Manuel Rojo Valencia es licenciado en Ciencias Ambientales y máster en Conservación de la Biodiversidad. Trabaja como técnico de investigación en el Departamento de Biología de la URJC y se define como un naturalista interesado en todo tipo de vida, con predilección por las aves.
Adrián Escudero Alcántara dirige el Instituto de Investigación en Cambio Global de la URJC y es catedrático de Ecología.
Ana Isabel García-Cervigón Morales es profesora titular de Botánica y trabaja en el Instituto de Investigación en Cambio Global de la URJC. Bióloga de formación, le atraen especialmente la biodiversidad y la ecología. Sus investigaciones se centran en conocer las respuestas de los ecosistemas ante el cambio global.
Dirección de contacto:
Jesús López Angulo
Universidad Rey Juan Carlos
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