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El mejor regalo para sir David

jueves 28 de mayo de 2026, 18:01h

Hace veinte años, la Sociedad Geográfica Española concedió a Quercus su premio anual en la categoría “Editorial”. En esa misma convocatoria, corría el año 2006, David Attenborough fue también premiado, en su caso en la categoría “Internacional”. Al terminar la ceremonia de entrega de premios, el grupito de personas que habíamos acudido a recoger nuestro galardón en nombre de Quercus le vimos sentado a la entrada del local, descansando a solas.

Por supuesto que en aquella época ya era un personaje carismático en todo el mundo. Pero su imagen solitaria en medio del habitual trajín de Madrid nos transmitió una sensación de extraña vulnerabilidad, insólita para alguien que había recorrido los rincones más remotos del planeta con la naturalidad de quien se mueve por su propia casa. Pensamos en aquel entonces que quizá sólo buscaba un rato de reposo tras la ceremonia, que no nos atrevimos a interrumpir. En otras circunstancias quizás nos habríamos animado a hablarle del reto de mantener viva una revista dedicada a la divulgación naturalista.

En eso, precisamente, Attenborough ha alcanzado cotas difíciles de igualar, por la amplitud y la calidad de su mensaje conservacionista, sostenido a lo largo de la trayectoria de alguien que ha alcanzado un siglo de vida –en concreto, el pasado 8 de mayo– y que comenzó cuando entró a trabajar en la BBC a principios de los años cincuenta, en plena Guerra Fría y apenas unos años después del final de la Segunda Guerra Mundial. La emisión de sus innumerables series documentales ha sido probablemente uno de los productos culturales que más han contribuido a despertar en millones de personas la admiración por el planeta y la conciencia de cuidarlo y conservarlo.

El auge de la televisión fue el escenario perfecto para empezar a mostrar la diversidad natural y los comportamientos de los animales como nunca antes se había hecho. Sin salir de casa, generaciones tras generaciones de espectadores éramos invitados a conocer la vida privada del resto de especies con las que compartimos el planeta, guiados por una misma voz, familiar y reconocible, con su sello inconfundible de sobriedad, dramatismo contenido y ese sutil sentido del humor tan suyo.

Una misma voz, sí, pero su tono ha ido cambiando con el tiempo, desde la fascinación contagiosa con la que durante gran parte de su vida profesional nos descubría los secretos de todo tipo de especies y hábitats. En los últimos años David Attenborough ha dejado entrever que aquellas ventanas a la biodiversidad que nos ha ido abriendo durante décadas puede que cada vez nos enseñen menos, ante la magnitud de los retos ambientales que afrontamos, en especial el cambio climático: algo que ha impulsado al divulgador británico incluso a tomar la palabra en varias cumbres climáticas recientes.

Estos días se han sucedido las celebraciones con motivo de los cien años cumplidos por David Attenborough. Recientemente nos llegaba a la Redacción de Quercus la noticia de que dos investigadores españoles han dedicado al centenario naturalista el descubrimiento de una nueva especie de ácaro, al que han bautizado como Iberoacarus davidi. De saberlo, sir David seguro que estaría encantado con esa dedicatoria, aunque quizá el mejor homenaje por nuestra parte sea no tomarnos a la ligera la posibilidad de que perdamos lo que nos ha ido mostrando durante décadas. Tal vez ahí esté su verdadero legado: recordarnos, con serenidad y sin estridencias, que no podemos dejarnos seducir y quedarnos al margen.

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