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Abril - 2019    21 de abril de 2019

Editorial

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El 1 de diciembre de 2015, cerca de la ciudad de Málaga, moría electrocutada el águila perdicera Oteo. Había nacido seis meses antes en un centro de cría francés y fue liberada a finales de esa primavera en la provincia de Álava. Gracias a su emisor GPS fue posible seguir sus movimientos de norte a sur de España, a través de siete comunidades autónomas, hasta que murió al posarse sobre el poste de un tendido eléctrico malagueño. No era la primera vez que un águila objeto de seguimiento científico caía fulminada por ese letal latigazo de alto voltaje, pero Oteo fue sin duda la que colmó el vaso de la indignación. Es enorme la cantidad de aves que mueren en España por electrocución o colisión en este tipo de infraestructuras. Un problema mayúsculo que se ha convertido en el principal azote para especies protegidas y amenazadas, entre ellas precisamente el águila perdicera.


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