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Junio - 2020    5 de julio de 2020

Editorial

A principios de abril nos enteramos de la muerte del oso Cachou en el valle de Arán, un integrante de la población que franceses y españoles tratan de consolidar en los Pirineos, donde la especie fue erradicada en tiempos recientes. Era un ejemplar al que se le atribuían varios ataques al ganado durante los últimos meses y de ahí que a ambos lados de la cordillera se exija ahora una investigación a fondo para descartar que la muerte de Cachou no fue un acto deliberado e ilegal. En nuestro país, entre las ONG que apoyan la reclamación están algunas tan relevantes como WWF España, SEO/BirdLife y Fapas.

El aumento imparable de la digitalización ha sacudido hasta sus cimientos el escenario donde venía desarrollándose la prensa escrita, agravado en tiempos más recientes por las medidas adoptadas para frenar la pandemia del Covid19. Bien es cierto que las redacciones han seguido trabajando, los canales de distribución han permanecido abiertos y que no se ha considerado necesario cerrar los quioscos. Sin embargo, nada parece ser ahora como era hace apenas un par de meses. Los periodistas están diseminados por sus domicilios, las distribuidoras mueven un menor volumen de publicaciones y muchos quiosqueros han decidido tomarse unas vacaciones forzadas debido al bajón de los ingresos. Justo antes de la Semana Santa, habían cerrado casi 2.300 puntos de venta habituales, aproximadamente un 23% del total.

El libro está impreso en cuarto mayor, tiene 558 páginas y pesa sus buenos dos kilos. Es una obra colectiva en la que han participado 49 autores. En la portada aparece una estrella de mar de la especie Heliaster helianthus, procedente del Pacífico chileno, con sus 24 brazos desplegados como pequeños rayos de sol. Está editado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y se titula Las colecciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Fue presentado en el salón de actos de esta veterana institución, heredera del Gabinete de Historia Natural promovido por Carlos III, el pasado 5 de marzo, con presencia de sus tres editores: el ictiólogo Ignacio Doadrio, el malacólogo Rafael Araujo y el conservador de invertebrados no artrópodos, Javier Sánchez Almazán. Ofició como maestro de ceremonias Santiago Merino, actual director del museo.

La noticia me dejó helado. Félix Rodríguez de la Fuente había muerto en un accidente de avioneta mientras filmaba uno de sus documentales en Alaska. Era el 14 de marzo de 1980, el mismo día que cumplía 52 años. Mucho después, su viuda, Marcelle Parmentier, contó una anécdota estremecedora. En aquella época, sin Internet ni teléfonos móviles, las comunicaciones entre Alaska y España eran precarias, así que durante su anterior conversación habían acordado que reuniera a sus tres hijas el día de su cumpleaños, cuando trataría de llamar a casa por la noche. La llamada que recibieron fue muy distinta, pues les anunciaba su deceso. Una vida de héroe: intensa, corta y memorable. Hasta el final.

Como es sabido, detrás de la figura legendaria de Félix trabajaba un nutrido equipo de profesionales. Pero había algo que nadie podía hacer por él. Esa voz enfática y subyugante era estrictamente suya. Una voz capaz de encandilar a cualquier audiencia. Pude comprobarlo en un ruidoso bar de Madrid donde intentaba comunicarme a gritos con un amigo. Por supuesto, la televisión estaba puesta y nadie le hacía el menor caso, aunque contribuía a la barahúnda general. De repente, poco a poco, bajó el volumen de las conversaciones y aquel aparato en blanco y negro empezó a captar la atención de los parroquianos. Había empezado un programa de El Hombre y la Tierra y la voz, la voz de Félix, se había ido imponiendo como un bálsamo. Lo que antes era pura algarabía se transformó en un auditorio atento, prendido de sus palabras. En eso no tenía igual. Podría haber sido un chamán, un vendedor de aspiradoras o incluso un político, como muchos temían, pero era un odontólogo reconvertido en naturalista. Un aventurero.

Este mes, en vez de un artículo editorial, es preferible una columna firmada. No era aconsejable tanta distancia. Conocí a Joaquín Araújo en septiembre de 1977, en la sede de Aepden (Asociación de Estudios y Protección de la Naturaleza) una ONG pionera y a estas alturas ya histórica. Era un tipo desgreñado y barbudo, con unas gafitas a lo John Lennon, que conspiraba en aquel piso destartalado que él mismo había alquilado. Seguramente por ser el único pudiente y capaz de firmar un contrato de arrendamiento. La sede de Aepden era un torbellino de actividad, pues se estaba preparando nada menos que la asamblea constituyente de la Federación del Movimiento Ecologista Español en Cercedilla, una localidad de la sierra madrileña.

El cierre de este número de Quercus coincidió con los últimos días de la Cumbre del Clima en Madrid (COP25). A falta de saber si tan titánico esfuerzo organizativo mereció la pena, sí podemos adelantar ya que el trasiego de información alrededor de este evento ha sido abrumador. ¿Seremos capaces de que todo ese maremágnum de declaraciones, notas de prensa, documentos, discursos y posicionamientos se traduzcan en los acuerdos y avances esperados?

Más de 2.500 científicos de reconocido prestigio han suscrito una carta en la que solicitan al Parlamento Europeo un cambio de rumbo en la Política Agraria Común (PAC). En ella dejan constancia de que existe un “consenso inequívoco” entre la intensificación de la agricultura y la pérdida creciente de biodiversidad. Nada nuevo para los lectores de Quercus. Lo sorprendente es que los diputados europeos aún no lo sepan. De hecho, no deben saberlo, porque perseveran en un modelo agrario incompatible con la diversidad de especies animales y vegetales. Los campos de antaño, cuando las explotaciones eran mucho menos intensivas, albergaban una diversa comunidad de seres vivos. No puede compararse, desde luego, con la de los ecosistemas originales, pero sí tenía relevancia para la diversidad biológica. Ahora, sin embargo, cuando los monocultivos y el regadío ganan terreno a marchas forzadas, el escenario es más propicio para la “primavera silenciosa” que ya vaticinó Rachel Carson en los años sesenta. Aunque ella pusiera el acento en el DDT y otros insecticidas, sin tener en cuenta consecuencias tan negativas como la pérdida de linderos y barbechos debido a la concentración parcelaria. Los campos actuales se parecen más a un desierto monocolor que al bosque aclarado que fueron en sus orígenes.

Las imágenes de televisión son siempre impactantes. Las del Mar Menor a me-diados del pasado mes de octubre mostraban un panorama apocalíptico. Mi-les de crustáceos y peces muertos, entre ellos la amenazadísima anguila, se acumulaban en las playas de su extremo norte. Ni siquiera se libraba el cangrejo azul, una especie exótica, invasora y capaz de prosperar en entornos muy perturbados. Pero no tanto. Lo que aquellas escenas no podían transmitir es el hedor que des-prendían las víctimas de semejante hecatombe.

¿Víctimas de qué? Según Antonio Luengo, consejero de Agricultura de la Re-gión de Murcia, víctimas de las lluvias torrenciales provocadas por la Gota Fría. Un culpable ajeno a cualquier planificación política y que exonera de responsa-bilidades inmediatas. Según las organizaciones ecologistas, las causas hay que buscarlas en la pésima gestión del Mar Menor, la mayor laguna salada de las costas españolas, a la que sirven de poco las figuras de protección que ha ido acumulando a lo largo del tiempo, desde Sitio Ramsar hasta Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA).

En este número deQuercus dedicamos dos artículos de fondo a sendos invertebrados, la náyade Margaritifera margaritifera y la mariposa Vanessa cardui. Hemos de reconocer que no es habitual. Siempre se nos ha reprochado que nuestros contenidos estén muy sesgados hacia los grandes vertebrados, aves y mamíferos sobre todo, aunque lo único que hacemos es intentar reflejar la realidad. Quizá los fondos destinados a conservación sí tengan esa deriva, que finalmente termina por reflejarse en lo que publicamos. De hecho, hacemos un poco de discriminación positiva hacia la fauna menos evidente, como los dos casos que protagonizan este número de la revista. La portada, sin embargo, se la hemos reservado al bigotudo, un vertebrado que entraría de lleno en el grupo de las especies privilegiadas, aunque sea un pajarillo difícil de ver y de distribución muy irregular en nuestro país.

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