Texto: Salvador Herrando-Pérez
Cuando nos sentamos a comer un plato de pescado, quizás no hagamos la conexión de que el animal fue probablemente capturado en una red pesquera hecha de plástico. La pesca comercial mueve una flota global de casi cinco millones de embarcaciones y aporta más del 20% de la dieta proteica de tres mil millones de personas. Al mismo tiempo, deja tras de sí, de forma silenciosa, miles de toneladas de grandes trozos de plástico o macroplástico, en forma de boyas, cabos, gomas, redes y sedales, que se pierden durante las faenas pesqueras. Posteriormente, el macroplástico se fragmenta poco a poco en microplástico y nos lo tragamos entre bocado y bocado de gamba y lenguado.
Pero mucho antes de que eso ocurra, los aparejos abandonados continúan cumpliendo su función, matando animales en un fenómeno conocido como “pesca fantasma”. Las especies marinas perjudicadas se cuentan ya por cientos. Por su envergadura y constante movimiento, los mamíferos estrictamente marinos (cetáceos y sirénidos) son los que más sufren los impactos del macroplástico, que perjudica también al resto de animales grandes (megafauna) ligados al mar, entre aves, iguanas, tortugas y pinnípedos.
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