Por regla general la importancia de un incendio se valora por la superficie afectada, pero deberíamos calcular el impacto sobre las especies que el fuego se lleva por delante para apreciar hasta qué punto perdemos biodiversidad. Ese es precisamente el mérito de los autores del artículo sobre las lagartijas serranas que publicamos en este número (págs. 24 a 30). Sus protagonistas son tres taxones endémicos de nuestras montañas, habitantes de territorios ya de por sí muy reducidos, en el Noroeste Ibérico y el Sistema Central, sobre los que se ha abatido toda una sucesión de grandes incendios de una magnitud difícil de asumir para especies que apenas tienen a dónde escapar.
Por poner un ejemplo, tal y como se cuenta en el artículo que publicamos, en 2025 tres de esos megaincendios calcinaron más de cincuenta mil hectáreas dentro del área de distribución de la lagartija leonesa (Iberolacerta galani). Lo importante no es sólo cuánto terreno ardió, sino qué significan esas hectáreas calcinadas para las especies que vivían en ellas. Lo que ha ocurrido con las lagartijas serranas endémicas a las que dedicamos nuestras páginas es una versión especialmente nítida de un problema del que poco se habla: un incendio en el medio natural no termina cuando se extinguen las llamas. Sus efectos pueden prolongarse durante años y comprometer la recuperación de ecosistemas enteros.
Esta reflexión vuelve a estar de dramática actualidad por el rastro de destrucción que están dejando los incendios de este verano, que han afectado ya a más de doscientas mil hectáreas, con grandes fuegos concentrados especialmente en el centro y oeste peninsular. Castilla y León y la Comunidad de Madrid han sufrido algunos de los episodios más extremos, incluido el incendio de Burgohondo (Ávila), con unas 50.000 hectáreas afectadas, el mayor registrado hasta ahora en España. La envergadura y la simultaneidad de estos incendios han puesto bajo una presión extraordinaria a espacios naturales, hábitats y especies, como nos recuerda nuestro colaborador Jesús Abad, naturalista y bombero forestal, en las páginas 64 y 65 de este número, al referirse al malogrado y extraordinario valle abulense de Iruelas, con su gran colonia de buitre negro. Otros territorios de extraordinario valor ecológico afectados este verano por las llamas han sido la Sierra Norte de Guadalajara, donde viven varias manadas de lobos, y las cuencas de los ríos Alberche y Cofio, con espacios de la Red Natura 2000 que albergan buena parte de las poblaciones madrileñas de águila imperial y águila perdicera.
Entre los muchos posicionamientos, decálogos y comunicados difundidos estas semanas por ONG y otras entidades, nos ha parecido especialmente oportuno el planteamiento de las que, como WWF España, ponen el acento en la recuperación del medio natural afectado. En efecto, esta ONG reclama un ambicioso plan coordinado de restauración ecológica, basado en un diagnóstico riguroso de los ecosistemas destruidos por el fuego, con participación de la población local, los grupos de interés y la comunidad científica. Propone para ello priorizar las áreas más vulnerables, aplicar medidas urgentes durante los dos primeros años para evitar la degradación del suelo, favorecer después la regeneración natural siempre que sea posible y restaurar la cubierta vegetal cuando sea necesario.
Por desgracia, el fuego ya ha hecho su parte. Ahora toca decidir si queremos limitarnos a contar las hectáreas calcinadas o empezar a reconstruir la naturaleza que hemos perdido.