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Ecos de nuestro gélido pasado

Por José Gabriel Segarra

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Ecos de nuestro gélido pasado
Como primicia para los lectores de Quercus, reproducimos íntegro el sexto capítulo del libro Latidos de la Tierra, que nuestro colaborador José Gabriel Segarra está a punto de publicar en la editorial Nivola. Los seguidores de la sección Retos Eco-Lógicos reconocerán, no ya su estilo divulgativo, sino también ese carácter incitador que siempre cultiva en estas mismas páginas.
El Grimsel es un paso de alta montaña en los Alpes suizos que comunica el valle del río Ródano en el cantón de Valais con el valle de Hasli en el cantón de Berna. Una primaveral mañana de 1834 el geólogo germano-suizo Jean Charpentier paseaba en compañía de un leñador por un camino rural que serpenteaba al somonte del paso. Destacando claramente sobre el suelo, a ambos lados del camino, se distinguían grandes moles graníticas dispersas al azar, como si su distribución respondiera al capricho de algún coloso mitológico. Pronto la conversación derivó hacia el origen de tan curiosas formaciones.
–Mucha gente cree que fueron arrastradas hasta aquí por el diluvio universal –explicó el naturalista.
–¿Por el diluvio? ¡Qué disparate! –bufó el leñador–. Las rocas proceden de Grimsel, una zona en la que abunda el granito.
–¿Y qué ha empujado las rocas a esta distancia? –se interesó el naturalista.
–Sin duda las transportó el glaciar del Grimsel que, según cuentan los ancianos, en el pasado llegaba hasta la ciudad de Berna.

Charpentier guardó silencio, sumido en sus pensamientos. Recordó cuando, dieciséis años atrás, había presenciado la muerte de decenas de personas por la rotura del dique de un lago helado, un acontecimiento que le había marcado de por vida y que le determinó a consagrar su vida al estudio del hielo. Charpentier sabía que aquellas moles rocosas menudeaban por buena parte de la mitad norte de Europa. Solían ser de gran tamaño y en ocasiones estaban hechas de un material distinto al del terreno sobre el que se apoyaban, motivos ambos que despertaban la perplejidad de los lugareños. El mismísimo Charles Darwin se hacía eco de esta perplejidad en un pasaje de su autobiografía: “Un viejo de Shrewsbury, el Sr. Cotton, que sabía mucho de rocas, me había hecho notar un gran canto rodado, conocidísimo en la ciudad de Shrewsbury, al que llamaban la piedra-campana, diciéndome que no existían rocas de este tipo más cerca de Shrewsbury o de Escocia, y me aseguró solemnemente que el mundo llegaría a su fin antes de que nadie pudiera explicar cómo esta piedra había llegado donde estaba”.

Las hipótesis sobre el origen de las rocas eran muy variadas: Deluc, naturalista francés que había estudiado grandes rocas de granito en las laderas de caliza de las montañas del Jura, suponía que habían sido lanzadas por el aire comprimido de las cavernas. Otros sostenían hipótesis aún más peregrinas, aunque la opinión más difundida era que habían sido arrastras por el diluvio universal del que se habla en el libro del Génesis. Sin duda, suponían los investigadores de la época, las estrías que recorrían la superficie de estos bloques debían ser las huellas de su transporte por las aguas del diluvio. Esta teoría, sin embargo, presentaba serios inconvenientes: algunos matemáticos de la Universidad de Cambridge habían demostrado que la energía necesaria para arrastrar estos bloques era superior a la mayor de las crecidas observadas; además, resultaba intrigante que las rocas sólo apareciesen en la mitad norte de Europa.
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