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¿Playa o montaña, cetáceos o gorilas?

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
No todo iba a ser malas noticias. El mes pasado nos hacíamos eco de una campaña de la organización internacional WWF para detener los sondeos sísmicos en el Parque Nacional de Virunga, hábitat del gorila de montaña (Quercus 340, págs. 50-51). En efecto, la empresa británica SOCO pretendía desde hace un año iniciar una serie de prospecciones petrolíferas en este santuario natural de la República Democrática del Congo. WWF se opuso entonces y a día de hoy lleva recogidas más de 750.000 adhesiones en contra del proyecto. No sabemos las razones últimas y quizá no sean de índole ambiental, pero lo cierto es que a mediados de junio SOCO renunció a sus intereses en el Virunga e incluso se ha comprometido a no plantear nuevas aventuras en espacios declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Todo un éxito de WWF que contemplamos con envidia ante los inminentes sondeos petrolíferos en las islas Canarias. A comienzos del siglo XXI, las inyecciones de dinero o la promesa de puestos de trabajo no pueden convertirse en una patente de corso, en una licencia inapelable para seguir esquilmando los recursos naturales.

Raymond Lumbuenamo, director de WWF en la República Democrática del Congo, se ha apresurado a señalar que “una vez libre de la amenaza del petróleo y con las inversiones adecuadas, el Parque Nacional de Virunga puede convertirse en un motor económico para las comunidades locales.” ¿Cómo? Pues con los gorilas de montaña como reclamo turístico. Nada que objetar mientras las cosas se hagan de forma razonable. Hay grupos familiares de gorilas ya habituados a las visitas periódicas de turistas, cuya estoica actitud permite a los demás permanecer aislados en sus brumosas montañas. Como en tantas otras ocasiones, la clave consiste en acertar con el modelo de gestión.
De hecho, ya se suscitó un debate similar cuando empezaron a proliferar las empresas dedicadas al avistamiento de cetáceos. Fue preciso establecer unas normas básicas de aproximación y observación para no alterar el comportamiento de ballenas y delfines. Y seguramente eso mismo tendremos que hacer con otras especies atractivas, capaces de generar ingresos, como el oso, el lobo y el lince.

En este mismo número de Quercus publicamos un desafiante artículo sobre el turismo inspirado en los grandes carnívoros, que resume al menos veinte años de experiencia en los bosques de Suecia. No es que pueda aplicarse directamente a la situación que vivimos en España, pero haríamos bien en considerar al menos sus enseñanzas. Durante siglos, el aumento de la población humana y la consiguiente transformación del territorio han arrinconado a osos, lobos y linces en lugares remotos y poco accesibles. Ahora esos mismos refugios impuestos se han convertido en apetecibles para un turismo sensible y bastante concienciado que no existía hace apenas unos años. El asunto radica en comprender que esta nueva modalidad no puede organizarse con criterios de comprobado éxito económico pero desastrosas consecuencias ambientales, caso del turismo playero. Por naturaleza (y nunca mejor dicho), debe ser una actividad de bajísimo impacto y planteada desde sus inicios a muy pequeña escala. Para que sea rentable, y sostenible, no queda otro remedio que anteponer la calidad a la cantidad, la paciencia al lucro inmediato, el conocimiento científico a la baladronada municipal. Solamente así será aceptable, sobre todo para gorilas y grandes carnívoros.
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