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A ambos lados del Estrecho

martes 01 de marzo de 2016, 16:06h

Este número de Quercus es casi un monográfico sobre el trasiego de fauna a través del estrecho de Gibraltar. Fauna terrestre y en sentido norte-sur, aunque también nos hemos ocupado en otras ocasiones de los desplazamientos en dirección este-oeste que protagonizan, por ejemplo, atunes, cetáceos y tortugas marinas. No descubrimos nada nuevo al proclamar que el Estrecho es un punto estratégico de importancia mundial, incluso para la biogeografía. ¿Un puente o más bien una barrera? Ambas cosas. Los apenas 15 kilómetros que separan España de Marruecos representan una distancia muy asequible para las miles de aves que lo cruzan dos veces al año. Pero también una barrera insalvable para otros vertebrados y, por supuesto, para las plantas. No siempre fue así. Hubo periodos en los que el sur de Europa y el norte de África estaban unidos por un corredor terrestre, como aún puede apreciarse en la composición de sus floras y sus faunas. Por ejemplo, hay pinsapos en las sierras gaditanas, pero también en las montañas marroquíes. La frontera se barrunta en las llamadas especies vicariantes, aquellas que son muy similares y cumplen el mismo papel ecológico en los dos lados del Estrecho. Es cierto que algunas aves, gracias a su capacidad de vuelo, podrían pasar de Marruecos a España y sin embargo no lo hacen. Pero eso puede cambiar rápidamente debido al calentamiento global.

Otras, por el contrario, han necesitado apenas un poco de estabilidad en sus respectivas poblaciones para saltar sin problemas al otro continente. En páginas interiores documentamos el caso del águila pescadora, que ya cuenta con parejas mixtas en ambas orillas. Para ellas no rigen nuestras fronteras y, a veces, ni siquiera las naturales. También han empezado a cruzar a África dos grandes águilas, la imperial y la perdicera. Era cuestión de tiempo y del empujoncito que han venido a darles personas y organizaciones muy implicadas en la conservación de ambas rapaces. También ha debido influir la abundancia de roedores que se ha detectado últimamente en algunas zonas de Marruecos.

Por si todos estos argumentos no fueran suficientes, resulta que esa misma proximidad la han aprovechado nuestros científicos y naturalistas para organizar campañas de exploración por el norte de África desde mediados del siglo XIX. Antaño apoyadas en cuestiones políticas y coloniales, bien es cierto, pero hogaño en colaboración directa con nuestros vecinos del sur y movidos por el afán de conocer y conservar. Ahí tenemos a Ángel Cabrera, Eugenio Morales Agacino y José Antonio Valverde, entre los zoólogos; Josep Cuatrecasas, Pío Font Quer y Emilio Guinea, entre los botánicos; o Francisco Hernández Pacheco, José Macpherson y Francisco Quiroga entre los geólogos, por citar sólo una gavilla de nombres ilustres. En su libro Los territorios olvidados Antonio González Bueno y Alberto Gomis han recogido las biografías de los más de doscientos naturalistas que recorrieron el África hispana entre 1860 y 1936, es decir, hasta el estallido de la Guerra Civil. El Estrecho une o separa, según se mire, territorios que nos resultan muy cercanos.

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