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Turbulencias en el Prat de Llobregat

sábado 30 de octubre de 2021, 19:46h
Ahora que la ampliación del aeropuerto de Barcelona parece un asunto aparcado, nos hemos animado a publicar el artículo de José García y Claudio Bracho sobre las múltiples amenazas que giran en torno al delta del Llobregat (págs. 36-41). De hecho, el aeropuerto del Prat no fue el primero ni será tampoco el último de sus problemas. El texto ha tenido que ser revisado y actualizado en varias ocasiones, al albur de los acontecimientos, aunque lo sustancial ha permanecido más o menos estable. Fue la polémica ampliación del aeropuerto barcelonés la que nos ha tenido en vilo, pues afecta sustancialmente a una Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) enclavada en la finca privada de La Ricarda. Conviene decir que el actual aeropuerto ya robó en su día terrenos al delta del Llobregat, como puede apreciar cualquiera que lo sobrevuele.

Al igual que otros espacios naturales acogotados, tiene la desgracia de estar en las inmediaciones de una gran ciudad. Por definición, las concentraciones urbanas tienden a extenderse como una mancha de aceite y engullen todo lo que hay a su alrededor. También por definición, los deltas son terrenos muy productivos y la agricultura ya se encargó de las primeras desecaciones y transformaciones drásticas. Luego vinieron las urbanizaciones, los polígonos industriales, las infraestructuras viarias y los vertidos contaminantes. El catálogo completo. El aeropuerto fue la guinda. Y ahora está en debate si se amplía o no. Es un tema peliagudo se mire por donde se mire.

Desde un punto de vista puramente ecológico, habría que salvaguardar lo poco que queda del antiguo delta y sus lagunas asociadas. Cuenta con todos los parabienes científicos y legales, eso es indudable. No tiene la extensión de la Albufera de Valencia, Doñana o el delta del Ebro, pero es un humedal mediterráneo de importancia internacional. Todos ellos son más valiosos juntos, encadenados, que en solitario. Pero, claro, hace de tapón a la expansión de Barcelona, como la Albufera en Valencia y Doñana en Sevilla. Aunque se preserven, todos estos humedales corren el riesgo de convertirse en un coto cercado por una madeja de barreras artificiales.

Si cambiamos de perspectiva y nos atenemos al futuro del transporte aéreo, por un lado estaría justificadísimo tener un aeropuerto con mayor capacidad, pero por otro no encaja en las previsiones que se barajan para contener el cambio climático y rastrear estrategias económicas menos dañinas para el medio ambiente. Hoy por hoy, los aviones contaminan y mucho. Un reciente informe de Ecologistas en Acción, El decrecimiento de la aviación, deja bien claro que hay que reducir a la mitad el uso de combustibles fósiles en menos de 15 años y suprimirlos casi por completo en 30. Es un dilema incluso si no se tienen en cuenta cuestiones de segundo orden como el futuro de una pequeña laguna improductiva.

El tercer vértice del triángulo es político. El aeropuerto de Barcelona no es un simple aeropuerto más. Cualquier decisión que se adopte estará trufada de ideología, sea cual sea su signo, y eso complica aún más las cosas si cabe. No sería nada raro que la compleja situación actual de Cataluña desvanezca otros criterios que deberían tener un mayor peso específico. Hay precedentes: el cierre de la red de autopistas estuvo muy condicionada por su conexión con dos grandes puertos competidores, el de Barcelona y el de Valencia. Mucho nos tememos que, al final, el delta del Llobregat se salvará o no según hayan quedado establecidos los equilibrios políticos.
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