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Cambio de enfoque en espacios protegidos

viernes 01 de julio de 2022, 13:23h

Bugoynes es un pequeño puerto pesquero en la Laponia noruega, a orillas del fiordo de Varanger y muy cerca del mar de Barents. Frente a la iglesia hay un cementerio que tiene la particularidad de ser un espacio natural protegido. La razón es una delicada florecilla ártica, Polemonium boreale, muy escasa en la parte continental del país. Así que, a todos los efectos, los difuntos de Bugoynes descansan en una micro-reserva de flora.

A lo largo y ancho de Europa hay espacios protegidos de todos los tamaños, desde diminutos cercados para preservar la última población de una planta endémica, hasta los grandes parques nacionales. Es una estrategia que se remonta a 1872, cuando el presidente Ulysses S. Grant creó el primer parque nacional de Estados Unidos, el famoso Yellowstone. Su intención era clara: había que preservar algunos retazos de naturaleza salvaje antes de que la codicia humana arrasara con todo. El modelo se extendió al resto del mundo y, siglo y medio después, aquella urgente y necesaria política de salvación sigue vigente, aunque ahora sabemos muchísimo más sobre sus resultados.

Un equipo de investigación formado por científicos de tres universidades, Autónoma de Madrid, Jaén y Grenoble (Francia), ha publicado un revelador artículo en la revista Global Environmental Change en el que vienen a concluir que, actualmente, “más del 17% de la superficie terrestre está protegida y el modelo dicotómico protegido/no protegido podría estar favoreciendo que las áreas protegidas no sean efectivas para cumplir con el papel para el que fueron creadas”, es decir, “salvaguardar la biodiversidad y los ecosistemas.” Peor aún. Tras analizar los alrededores de 159 espacios naturales de la España peninsular, han encontrado que, en dos anillos situados a 2’5 y 5 kilómetros de sus límites, la urbanización se ha duplicado entre 1990 y 2018. Como decía un veterano colaborador de esta revista, fuera de los espacios protegidos rige la ley del mercado, sin transición. Algo que, evidentemente, contribuye a realzar el carácter artificial de aquellos parques primigenios y de todos los que vinieron después. Doñana, el más conocido de los nuestros, es un coto cerrado donde suelo urbano e industrial, cultivos y todo tipo de infraestructuras aíslan su superficie de los territorios aledaños. De ahí las dificultades que encuentran los jóvenes linces cuando deambulan en busca de nuevas oportunidades de expansión.

Los autores del artículo consideran que las áreas protegidas pueden convertirse en “un arma de doble filo al proponer, indirectamente, que el resto del suelo disponible sea apto para otras actividades” y reclaman “una perspectiva socio-ecológica para integrarlas en la planificación territorial y reducir su aislamiento”. No es casualidad que una de las firmantes, Marta Múgica, sea también autora del artículo que publicamos en este número de Quercus sobre el papel que han desempeñado las áreas protegidas en España durante las dos últimas décadas (págs. 26-31). La conclusión más demoledora es que “la designación de espacios protegidos no es suficiente (…) para mejorar el estado de conservación de los ecosistemas y frenar las amenazas que se ciernen sobre ellos.”

El parcheo vuelve a demostrar que no es una política eficaz y que la ordenación del territorio debería enfocarse desde una perspectiva multidisciplinar y más permeable, que permita salvaguardar la biodiversidad allí donde se encuentre, no en reservas de límites estrictos y cada vez más sometidas a un cerco insoportable. Es hora de revisar y actualizar aquella idea brillante y rompedora que todavía seguimos aplicando, si bien fue fruto de las circunstancias que imperaban en el último tercio el siglo XIX. Aunque, a veces, como pasa en Bugoynes, no quede otro remedio.

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