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Heraldos de un mundo sin fronteras

jueves 29 de febrero de 2024, 17:07h

El pasado 12 de febrero, cuando grandes bandos de grullas estaban abandonando las zonas ibéricas de invernada con destino a sus territorios de cría en el norte de Europa y los primeros cernícalos primilla procedentes de África empezaban a aparecer por nuestras latitudes, daba comienzo en Samarcanda (Uzbekistán) una importante cumbre ambiental. Auspiciada por las Naciones Unidas, se ha centrado concretamente en las especies migratorias y el Convenio de Bonn. Utilizamos adrede el nombre más extendido de este veterano acuerdo internacional, inspirado por la ciudad en la que se firmó hace justo 45 años. Pero, de hecho, siempre se ha denominado formalmente Convention on Migratory Species (CMS).

Uno de los hitos de la cumbre de Samarcanda fue la presentación del más relevante informe que se haya redactado nunca sobre la situación actual de la fauna migratoria en el conjunto del planeta. Los resultados, como muchos de nuestros avisados lectores seguramente intuyan, son demoledores: más del 20% de las especies incluidas en los anexos del CMS (entre ellas casi todos los peces) están amenazadas a escala global. El porcentaje supera el 40% si hablamos de poblaciones en declive. Tampoco sorprenderá a nuestros lectores que las mayores amenazas para las especies migratorias sean, por una parte, la persecución directa, que incluye tanto la sobreexplotación como la caza insostenible, además de la sobrepesca y la captura accidental de animales, en particular los preocupantes bycatchs de muchas pesquerías marinas a gran escala. Y, por otra parte, factores indirectos que también influyen, y mucho, como la pérdida, degradación y fragmentación de hábitats a causa de las actividades humanas, con la agricultura y las infraestructuras de transporte y energía a la cabeza. El cambio climático, la contaminación y las especies invasoras completarían el abanico de causas que tienen hoy en día importantes impactos sobre las especies migratorias.

Nada nuevo bajo el sol. Pero, en unos tiempos tan inestables como los actuales, con conflictos territoriales que añaden un plus de inseguridad y sufrimiento a muchas sociedades humanas, pocos símbolos nos parecen más potentes de un mundo sin fronteras que las especies migratorias. Sin tener en cuenta límites administrativos, crisis políticas y rivalidades entre naciones, recorren mares y continentes entre sus zonas de cría y de invernada. Por su dinamismo, desempeñan además un papel esencial en el mantenimiento de los ecosistemas mundiales y proporcionan beneficios que nos son vitales, pues polinizan plantas, transportan nutrientes clave, combaten plagas y ayudan a almacenar carbono. Por si todo lo anterior fuera poco, toda esa fauna viajera difunde un mensaje vital. En el destacado caso de las aves, por ejemplo, sus periplos anuales despiertan simpatía e interés a lo largo de las rutas migratorias y son grandes embajadoras de que la conservación de la naturaleza nos involucra a todos, en todas partes y en todo momento.

Es raro, por no decir imposible, que un cuaderno de Quercus no preste atención a alguna de estas especies migratorias. Entre los contenidos de este mes queremos llamar la atención sobre el ibis eremita, una de las aves en mayor peligro de extinción del planeta y cuya recuperada población centroeuropea suele moverse entre el norte y el sur del continente a través de los Alpes. Gracias a la colaboración internacional, se está trabajando en abrir una nueva ruta migratoria a través de la Península Ibérica con destino final en la provincia de Cádiz, donde vive una población reintroducida y sedentaria de la misma especie. Un asunto que ya tratamos en octubre de 2023 (Quercus 452, págs. 14-19). La buena noticia, tal y como recogemos en la página 33 de este número, es que ya ha habido un primer grupo pionero de unos treinta ibis eremitas centroeuropeos que, tras ser guiados a través de los cielos de varios países por sus madres humanas adoptivas a bordo de paramotores, han logrado llegar a tierras gaditanas y se han integrado en la población residente. Una epopeya que demuestra lo mucho que aún podemos hacer para compensar a las especies migratorias por todo cuanto nos aportan. Un año tras otro y sin hacer apenas ruido.

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