Una distancia temporal de treinta años permite apreciar los cambios que han sufrido las rapaces nocturnas en el sur de la provincia de Badajoz. Al margen de cómo han evolucionado sus respectivas poblaciones, se diría que búhos y lechuzas han descubierto las ventajas que reportan las concentraciones urbanas.
Por Francisco Gragera
Suele decirse que el tiempo vuela y es cierto, porque, en un abrir y cerrar de ojos, han transcurrido casi treinta años desde que publiqué en Quercus los resultados de un trabajo de campo dedicado a las rapaces nocturnas en el sur de la provincia de Badajoz (1). El área de estudio abarcaba 900 kilómetros cuadrados (9 cuadrículas de 10 kilómetros de lado) repartidos por casi una veintena de municipios, con una vegetación en mosaico en la que predominaban los cultivos de secano (vid, olivo y cereal) y algunas manchas de vegetación mediterránea, sobre todo dehesas. En aquel momento, a mediados de los años noventa, la lechuza común (Tyto alba) se localizaba principalmente en núcleos urbanos, además de en cortijos, edificios abandonados, canteras y roquedos. Su declive era más que evidente, sobre todo a causa de los atropellos en carretera.
El mochuelo (Athene noctua) era mucho más abundante y se apreciaban densidades elevadas en olivares, áreas adehesadas, canteras y canchales. Su presencia en los olivares aumentaba con la distancia a poblaciones humanas y carreteras, ya que los atropellos eran la principal causa de muerte no natural de esta pequeña rapaz nocturna. Por lo que se refiere al autillo (Otus scops), ligado tradicionalmente a las alamedas y los olivares, no atravesaba por su mejor momento y era alarmante la regresión que se percibía en la zona de estudio. El cárabo común (Strix aluco), como era de esperar, estaba concentrado en los encinares adehesados, especialmente en aquellos que conservaban árboles viejos, donde llegaron a contestar al reclamo con que les tentaba hasta una docena de ejemplares diferentes. También apareció en lugares en principio poco propicios para un ave forestal, como el interior de un pajar rodeado de terrenos baldíos. El búho chico (Asio otus) era sumamente escaso y estaba aparentemente restringido a las dehesas con arbolado viejo y que suponía un alivio para la lechuza común y el búho real, las dos especies más afectadas, cuyos restos solían terminar en algún taller de taxidermia.
AUTOR:
Francisco Gragera Díaz es un veterano naturalista extremeño que ha publicado más de una veintena de artículos en Quercus sobre temas tan diversos como carnívoros (lobo, lince ibérico, nutria y meloncillo), aves (buitres, chotacabras, carraca y pájaros carpinteros), espacios naturales (Doñana) y algunos personajes relevantes para el estudio y la conservación de la naturaleza (Bernis, Valverde y Garzón).
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