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Un nuevo ejemplo de rapiña de los recursos marinos

Lapas y burgados de Canarias: de la escasez a la extinción

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Texto y fotos: Arturo Valledor de Lozoya Aunque haya sido regulado, el marisqueo supone una grave amenaza para las lapas, los burgados y otros moluscos que habitan en la franja litoral del archipiélago canario. El caso más llamativo es el de la lapa majorera, forma ancestral de la que parecen proceder otras especies distribuidas por la región macaronésica.
En 1809, Lamarck escribió en su Phylosophie Zoologique que “las pequeñas criaturas marinas estaban a salvo de la destrucción causada por nuestra especie.” Pero desde entonces la destrucción ha sido tanta que el aserto de Lamarck ha dejado de tener vigencia y, como es lógico, las criaturas marinas más afectadas son las que, por vivir en la misma orilla del mar, resultan más accesibles a la mano rapiñadora del hombre. Especialmente si, como les ocurre a las lapas, se trata de criaturas con muy escasa capacidad para desplazarse y escapar. Desde tiempos prehistóricos, las lapas han constituido un importantísimo recurso alimenticio para las poblaciones humanas asentadas en islas o regiones cercanas al mar, como se desprende de los concheros existentes en tales lugares, en los que sus restos nunca faltan cuando no son los más frecuentes. En los litorales rocosos bañados por aguas frías o templadas, donde más abundan las lapas, estos moluscos eran uno de los principales alimentos de los habitantes humanos, caso de los onas, yaganes y alacalufos en Tierra de Fuego, de los hotentotes en Suráfrica, de los indios de la Baja California, de los aborígenes de Tasmania, de los maoríes de Nueva Zelanda o de los guanches y majos de Canarias. Así pues, no resulta extraño que, tras siglos y siglos de marisqueo ininterrumpido, hoy los invertebrados marinos más amenazados de extinción sean ciertas especies de lapas, todas ellas insulares. En Hawai, por ejemplo, tres especies de opihi (Cellana talcosa, C. sandwicensis y C. exarata), muy abundantes cuando el capitán Cook descubrió aquellas islas, son ahora tan escasas que recientemente se han promulgado disposiciones legales para protegerlas. Su venta ha quedado prohibida, aunque no su recolección si el diámetro mayor de la concha de la lapa tiene al menos 1’2 pulgadas (3’2 cm) o el de su pie 0’5 pulgadas (1’3 cm). Estos tamaños son ya muy raros en Oahu, la isla más poblada, excepto en las inmediaciones de las bases militares, que son áreas cerradas al público. La disposición ha causado el disgusto de muchos hawaianos, sobre todo el de los pescadores locales dedicados a recoger y vender lapas, dado que, cocinadas a la parrilla, eran un plato tradicional en fiestas y reuniones familiares. En Tasmania también ha habido que declarar especie protegida a la lapa de ribete naranja (Cellana solida), fuertemente explotada, aunque no como alimento sino para hacer abalones con el nácar del interior de sus conchas. Mucho más próxima a nuestra fauna, la lapa herrumbrosa (Patella ferruginea), antaño común, es en la actualidad el invertebrado marino más amenazado del Mediterráneo. Figura por ello en el Catálogo nacional de especies amenazadas con la categoría de “En Peligro de Extinción”, la misma que tienen el lince ibérico y el águila imperial, pues sólo quedan poblaciones de ella en el norte de África y las islas Chafarinas, junto con algunos ejemplares dispersos por el sur de España, Córcega, Cerdeña y las islas de Alborán y Pantelaria. Pero en territorio español, y en concreto en las Canarias, hay otra lapa aún más amenazada si cabe. De ella hablaremos en el presente reportaje: es la lapa majorera (Patella candei).
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