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Relato en favor de una mayor visibilidad de las colecciones históricas del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid

Historias de linces, cabras y museos

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Historias de linces, cabras y museos
Por Santiago Aragón
A mediados del siglo XIX se produjo un fructífero intercambio de ejemplares entre el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid y el Museo de Historia Natural de París. Las piezas siguen depositadas en ambas instituciones y es una pena que no se encuentren más accesibles para el público interesado.

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Un lince ibérico naturalizado va a dar pie a nuestra historia. Un único ejemplar, entre los miles que integran la reserva del Museo de Historia Natural de París, nos va a permitir hilvanar un relato que habla de cooperación científica internacional en un tiempo ya remoto, en una época en la que al lince se le llamaba gato-clavo o gato cerval. Y, para empezar a narrar, basta con escudriñar el objeto en cuestión. Según consta en su peana, el felino procede de Portugal e ingresó en las colecciones de la institución en 1808. Pero, ¿cómo llegó hasta allí? La respuesta a esta pregunta se encuentra lejos de París, en una carta custodiada en el archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. En la misiva, expedida desde la capital francesa y fechada el 2 de julio de 1849, Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, responsable de la colección de aves y mamíferos del museo parisino, agradece a su homólogo español, el naturalista Mariano de la Paz Graells, el envío de objetos zoológicos desde Madrid. La remesa incluía una piel de lince ibérico e Isidore se mostraba muy ufano al conseguirla. En París no tenían más que un ejemplar de la especie, un animal de color mucho más rojo obtenido por su padre en Portugal, precisamente el gato cerval al que hacíamos referencia al iniciar este párrafo.
El padre de Isidore, Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, fue uno de los principales naturalistas de la Francia post-revolucionaria. Su obra, junto con la de otros autores como Lamarck o Cuvier, conforma lo que se conoce entre los historiadores de la ciencia como la Edad de Oro de la historia natural gala. A finales de 1807, tras la ocupación de Portugal por el ejército francés, Napoleón Bonaparte le encomendó la organización de los fondos del Museo de Historia Natural de Lisboa, proceso durante el cual, al parecer, algún ejemplar se extravió y acabó depositado al otro lado de los Pirineos.
Personarse en Portugal procedente de Francia suponía atravesar España. Además, hacerlo en año tan conflictivo como 1808 no estaba exento de riesgo. Los avatares del periplo hispano de Etienne están recogidos en un libro, en una biografía que su hijo le dedicó en 1847. Entre otros muchos episodios, Isidore nos cuenta cómo su progenitor estuvo a punto de ver prematuramente truncados sus objetivos en Extremadura. Cuando ya se encontraba cerca de la frontera, el sabio francés fue capturado por un grupo de sublevados y encarcelado en Badajoz a la espera de un juicio popular. En esas circunstancias, y siempre según el relato de su hijo, su vida hubiera estado en serio peligro de no haber sido por la oportuna intervención de una agradecida dama española. Por fortuna para Etienne, unos días antes de su detención, el carruaje de la aristócrata había sufrido un percance en ruta y, amablemente, el naturalista le había ofrecido acomodo en su transporte para poder concluir el viaje. Rememorando lo que parecía haber sido un feliz guiño del destino, Isidore se pregunta:
“¿Quién no hubiese creído que su sangre iba a ser derramada? ¡Pero la muerte iba a quedar suspendida sobre sus cabezas! ¿Faltaban verdugos en esa tropa furiosa? ¿Ocurrió así por piedad o por uno de esos refinamientos que conoce la venganza española?”
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