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LAS FLORES GRANDES Y LONGEVAS PUEDEN TENER EFECTOS MUY DISPARES EN EL ÉXITO DE LAS PLANTAS

Florivoría frente a polinización

Sobre estas líneas, un sírfido (díptero que imita el aspecto de una avispa) posado en la flor de una jara pringosa (foto: Alberto Aparicio).
Sobre estas líneas, un sírfido (díptero que imita el aspecto de una avispa) posado en la flor de una jara pringosa (foto: Alberto Aparicio).
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Las plantas han adquirido numerosos rasgos que favorecen su éxito reproductivo frente a las interacciones con los animales. Sin embargo, algunos de estos rasgos pueden estar sometidos a conflictos selectivos, debido a que las ventajas que aportan podrían verse eclipsadas por la intervención de animales antagonistas. Así, el tamaño y la longevidad de las flores, que sirven para incrementar las visitas de polinizadores, pueden atraer también una mayor cantidad de florívoros. Un estudio sobre la jara pringosa en la Comunidad de Madrid revela efectos contraproducentes de algunos rasgos cuya misión es atraer a los polinizadores.

por Alberto L. Teixido y Fernando Valladares
Las plantas interactúan con una gran variedad de organismos a lo largo de su ciclo vital, desde bacterias, hongos y animales, hasta otras plantas vecinas. Las interacciones con animales son muy comunes y extendidas, como queda de manifiesto en nuestra experiencia cotidiana: abejas revoloteando sobre las flores, pájaros en busca de frutos o ganado pastando en los prados. En la gran mayoría de los casos, los animales obtienen beneficios de dicha asociación con las plantas, aunque hay excepciones, como en el caso de las plantas carnívoras o la polinización por engaño de las orquídeas. Para la planta, su interacción con los animales puede ser desde muy beneficiosa hasta sumamente perjudicial. Si nos centramos en el ejemplo en que el animal siempre sale beneficiado, éste se comportará como un mutualista si proporciona asimismo otro servicio positivo a la planta, caso de los polinizadores o los dispersores de frutos y semillas. Pero la relación será de antagonismo si arroja un balance negativo para la planta, como ocurre con los herbívoros (1).

La naturaleza de ambas interacciones, positivas y negativas, ha ejercido presiones selectivas sobre las plantas con el fin de incrementar su éxito reproductor. Por ejemplo, ahí está la función atractiva y aromática de las flores, o la de los frutos nutritivos que mejoran la dispersión de las semillas al ser buscados por animales que acaban trasladándolas a distancia. En el caso opuesto, no es raro que las plantas hayan desarrollado rasgos defensivos, como espinas o sustancias urticantes, cuyos costes de construcción y mantenimiento se ven compensados por las ventajas de mantener alejados a los herbívoros. Pero esto no siempre resulta tan sencillo y, en ocasiones, ciertos rasgos que en principio pueden ofrecer beneficios a una planta, al atraer una mayor cantidad de mutualistas, también pueden suponer un problema al favorecer la presencia de antagonistas (2, 3). Los herbívoros, en sentido amplio, son un claro ejemplo de antagonistas que pueden percibir las mismas señales de calidad de los rasgos seleccionados por los mutualistas, lo que les lleva a depredar los frutos más nutritivos, robar el néctar de las flores más aromáticas o consumir las flores más atractivas.
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