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LA OBSERVACIÓN DE AVES EN NUEVA ZELANDA

En busca de kiwis, keas, kakapos y otras aves neozelandesas

Tui (Prosthemadura novaeseelandiae), la más abundante de las tres especies de melifágidos presentes en Nueva Zelanda.
Tui (Prosthemadura novaeseelandiae), la más abundante de las tres especies de melifágidos presentes en Nueva Zelanda.
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Hemos reservado las revistas de agosto y septiembre para publicar dos artículos de Arturo Valledor sobre las aves de Nueva Zelanda, un país insular situado en nuestras estrictas antípodas. Esta primera entrega ofrece una panorámica global de los mejores lugares para observar aves y sus especies más llamativas.

En el próximo número nos ocuparemos exclusivamente de la cigüeñuela negra, que pasa por ser uno de
los limícolas más escasos del mundo.

Texto y fotos: Arturo Valledor de Lozoya
Señal de tráfico que alerta sobre el paso nocturno de kiwis. 
En las carreteras neozelandesas es fácil tropezarse con este tipo de carteles, pero ver a un kiwi en libertad es mucho más difícil.
Señal de tráfico que alerta sobre el paso nocturno de kiwis. En las carreteras neozelandesas es fácil tropezarse con este tipo de carteles, pero ver a un kiwi en libertad es mucho más difícil.
Lo primero que comprueba quien, procedente de Europa, viaja hasta Nueva Zelanda para observar aves es que, seguramente, no le gratificará de los dos días pasados en aviones y aeropuertos. Pese a hallarse en las antípodas, la mayoría de las especies que podrá ver en la capital, Auckland, y sus alrededores son europeas. Lo mismo ocurre con los árboles, de forma que tendrá la familiar impresión de estar en algún lugar de Inglaterra o incluso del norte de España. Los primeros colonos ingleses y escoceses trataban de hacer que aquel remoto país fuese lo más parecido posible a sus añoradas islas Británicas y para ello establecieron unas sociedades de aclimatación que se dedicaban a importar desde allí toda clase de animales y plantas. Los bosques originales de kauris y rimus fueron talados por su madera y para abrir tierras al pastoreo. Mientras tanto, las aves nativas se hacían cada vez más escasas y algunas llegaron a extinguirse por competencia con las introducidas, o eran depredadas por mamíferos asimismo introducidos como gatos, perros, cerdos, comadrejas, armiños, hurones, ratas, erizos y oposumes.

La primera sociedad neozelandesa de aclimatación se creó en Auckland en 1861 y pronto fue seguida de otras similares en Nelson, Otago y Canterbury. Estas sociedades no ponían mucho énfasis en los asuntos científicos. Si la introducción de la especie que deseaban aclimatar fallaba, simplemente liberaban más ejemplares. Así, por ejemplo, los ánades reales traídos de Europa que por entonces soltaron no lograron aclimatarse, pero sí los procedentes de Norteamérica que en los años treinta del siglo pasado fueron liberados en las proximidades de Auckland y cuyos descendientes no tardaron en colonizar todo el país. Otras especies nunca llegaron a aclimatarse, como el petirrojo y el ruiseñor entre las europeas y el emú y el casuario entre las australianas. El lector debe considerar, por otra parte, que la mayoría de los ejemplares importados no sobrevivían a un viaje que desde Inglaterra duraba cuatro meses, pasando por mares embravecidos y climas muy diferentes.

A pesar de todo, 42 especies foráneas de aves han logrado establecer poblaciones silvestres en Nueva Zelanda. Unas se introdujeron por razones sentimentales, como alondras, pinzones, jilgueros, verderones, pardillos y escribanos soteños y cerillos. Otras como piezas de caza, caso de barnaclas canadienses, ánades reales, faisanes, codornices tasmanas, colines de Virginia y California, perdices pardillas y chúcares, pavos domésticos, pintadas de Guinea, palomas comunes y tórtolas moteadas. Algunas por su carácter ornamental, caso de los pavos reales y los cisnes mudos y negros. Y, finalmente, unas cuantas se trajeron para combatir las plagas de insectos, como mirlos, zorzales, estorninos, gorriones, grajos, minás indios y urracas australianas. Con respecto a este último grupo, conviene precisar que los granjeros no tardaron en percatarse de que aquellas plagas de insectos que arruinaban sus cosechas eran reemplazadas por otras de pájaros. En cualquier caso, las especies hasta aquí citadas son las que con más frecuencia verá el naturalista, quien tendrá que buscar las nativas en parques nacionales y otros espacios protegidos que aún conserven algo de la flora y fauna original de Nueva Zelanda.

Tiritiri Matangi: un inicio recomendable
Al observador de aves recién llegado a Auckland le recomendamos que tome el barco a Tiritiri Matangi que parte desde el puerto a las nueve de la mañana, donde también puede obtener los billetes. Tiritiri Matangi es una pequeña isla en la que el Departamento de Conservación (DOC, por sus siglas en inglés) regeneró el bosque nativo y erradicó a los depredadores, tras lo cual introdujo varias especies de aves que actualmente son raras o muy raras en las dos islas principales. Tras un grato trayecto por la bahía de Auck-land, donde se avistan alcatraces australianos (Sula serrator), charranes maoríes (Sterna striata) y gaviotas dominicanas (Larus dominicanus) y plateadas neozelandesas (L. scopulinus), nada más desembarcar en Tiritiri Matangi pueden verse unos pájaros que, por su tamaño y color, diríase que son mirlos. Pero el curioso tufo de plumas blancas en la garganta, que contrasta con el negro metálico del resto del plumaje, les identifica como tuis (Prosthemadura novaeseelandiae). Pertenecen a la familia de los Melifágidos y son aves que se alimentan de néctar, por lo que suelen verse libando en los harakake (Phormium tenax), la flor nacional, así como en las vistosas flores rojas de los árboles pohutukawa o rata (Metrosideros excelsa). En la isla también se han introducido las otras dos especies de melifágidos neozelandeses: el pájaro cosedor o hihi (Notiomystis cincta), muy escaso, y el más común campanero o korimako (Anthornis melanura), cuyo sonoro y metálico canto, junto con el de los mímicos tuis, quedará grabado en la memoria del naturalista como la voz de los bosques de Nueva Zelanda.
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