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El clima de mañana

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
A estas alturas,
prácticamente nadie
duda de que el cambio

climático sea un hecho
y de que sus efectos
se estén empezando a

sentir en todo el planeta. Sin embargo, algunos modelos predicen un
panorama a medio
plazo totalmente

inesperado.
Cuando el climatólogo Jack Hall presenció cómo un enorme bloque se desgajaba de la masa de hielo antártica, tuvo la certeza de que se estaba gestando una nueva glaciación. Aunque trató de alertar a las autoridades, pronto se hizo evidente que el proceso estaba en marcha y era irreversible. En poco tiempo, una lluvia de granizos grandes como pomelos asoló la ciudad de Tokio, al tiempo que vientos huracanados barrían las islas Hawai y la nieve caía, por primera vez en su historia, sobre Nueva Delhi. La nueva glaciación avanza incontrolada y en un tiempo sorprendentemente corto una compacta masa de hielo termina por cubrir buena parte del territorio de Norteamérica...

Con su película El día de mañana el director y coguionista Roland Emmerich ha tratado de llamar la atención sobre el riesgo de que la emisión de gases de efecto invernadero desencadene una nueva glaciación. Pero bueno, ¿no se suponía que el cambio climático iba a traer consigo un aumento de las temperaturas? La misma película da las claves para explicar tan anómalo comportamiento: el calentamiento global provoca el deshielo de los polos, que conlleva una disminución de la salinidad del agua de mar, lo que a su vez afecta a las corrientes marinas que dan estabilidad a nuestro sistema climático. Todo ello trae como consecuencia que el clima se vuelva loco, loco, loco... ¿Qué hay de cierto en todo esto? El propio Emmerich reconoce que los acontecimientos no se van a producir a la velocidad de vértigo que narra la película, pero al margen de ese pequeño detalle la hipótesis tiene bastantes visos de credibilidad.

Un arma de doble filo
El pasado mes de marzo el diario La Vanguardia encabezaba una noticia con estos titulares: “Un arma llamada cambio climático. El Pentágono cree que en el 2020 el calentamiento de la Tierra podría acarrear una serie de catástrofes en cadena.” Haciéndose eco de sendos informes de la Pentagon’s Office of Net Assessments y del Banco Mundial, este diario señalaba que las consecuencias del cambio climático podrían advertirse bastante antes de lo previsto y acarrear efectos mucho más graves de lo que suele suponerse. Ambos informes vaticinan que a corto plazo sufriremos ciclos de veranos muy cálidos que se extenderán hasta el otoño e inviernos que se prolongarán hasta la primavera. Posteriormente, en el plazo de unos quince años, seremos testigos de sequías y hambrunas a gran escala, luchas por cuencas fluviales entre países como China, India y Pakistán, veremos el medio Oeste norteamericano y el sur de California convertidos en desiertos y, lo que es mucho más sorprendente, Europa del norte y el noreste de Norteamérica quedarán cubiertas por el hielo. Es a este último fenómeno al que se ha dado en llamar “Efecto
Ártico”.

Para explicar esta aparente paradoja debemos retroceder veinte años en el tiempo. Nos encontramos a principios de los ochenta. Una misión científica europeo-norteamericana está estudiando en Groenlandia los niveles de isótopos en los gases atrapados a diferentes profundidades, para estimar la temperatura en la región durante los últimos miles de años. Cuando estos datos se analizan surge la sorpresa: en contra de lo que siempre se había creído, las evidencias determinan de forma inequívoca que el aumento de la temperatura a finales de la última glaciación, hace unos 10.000 años, se había producido en sólo cuatro décadas. ¿Se tratará de un fenómeno meramente local? ¿Tal vez un error de muestreo? En los años siguientes se procede a la extracción de nuevas muestras que demuestran un aumento de la temperatura de entre cinco y diez grados centígrados en un lapso de veinte años. Pronto se buscan evidencias en otros puntos del globo y, al estudiar el patrón de acumulación de sedimentos oceánicos, se descubren cambios climáticos bruscos en lugares tan distantes como California y la India.

Los resultados resultan desconcertantes, pero encajan de lleno en los postulados de una nueva ciencia que empieza a gestarse por entonces en la mente de científicos de las más variadas disciplinas. La ciencia del caos preconiza que los sistemas gobernados por ecuaciones no lineales pueden sufrir cambios profundos ante causas mínimas y en tiempos sorprendentemente cortos. Acogiéndose a tales planteamientos, el climatólogo Wallace Broecker, de la Universidad de Columbia (Estados Unidos), apela al papel de las corrientes oceánicas que reparten el calor por todo el planeta para explicar los cambios bruscos en el clima terrestre.

Una bomba térmica
planetaria

Tomemos como ejemplo la llamada corriente del Golfo, que tras originarse en las cálidas aguas del golfo de México fluye a través del estrecho de Florida, prosigue en dirección noreste a lo largo de la costa de Estados Unidos hasta el cabo Hatteras y se desvía después para cruzar el océano Atlántico y separarse en dos ramas: una de ellas bordea Europa occidental hasta llegar al océano Ártico, mientras que la otra se dirige hacia el sur para bañar las costas de Francia, Portugal y España, desde donde retorna a los mares ecuatoriales.

Desde mediados del siglo XIX se supone que el calor transportado por esta corriente desde el trópico es responsable de que los países del norte de Europa gocen de inviernos mucho más suaves que los de las regiones del otro lado del océano que están a su misma latitud. Concretamente, el promedio de temperatura en las islas Británicas, Escandinavia o Francia es de quince a veinte grados centígrados mayor que en Terranova o la península de Labrador (Canadá), pese a encontrarse a la misma distancia del ecuador. Hoy en día se calcula que el calor que proporciona la corriente del Golfo es comparable a la producción de energía de un millón de centrales nucleares.

Ahora bien, para que esta descomunal bomba térmica pueda seguir cumpliendo su acogedora misión es necesario que no se detenga y el motor que la alimenta funciona por diferencias en la densidad del agua: la más fría y salada se va al fondo, mientras que la más caliente y dulce se eleva. Si disminuye la densidad del agua ya no se hunde y podría detenerse la corriente marina. Conforme avanzan hacia el norte las aguas de la corriente del Golfo se vuelven cada vez más frías, más saladas y más densas, hasta que cerca de Islandia se tornan tan pesadas que se hunden e inician un viaje de regreso al sur a través del fondo oceánico. Broecker denominó a este proceso “La Correa” y conjeturó que pequeños cambios en las condiciones climáticas podrían modificar su comportamiento hasta el punto de desencadenar cambios radicales. En su opinión, la fusión de los hielos del Ártico disminuirá la salinidad del agua en el Atlántico norte, por lo que ya no se hundirá y la corriente del Golfo se verá detenida, dejando de transportar el calor de las aguas tropicales hasta Europa y Estados Unidos. Si tal cosa sucediera, Broecker predice que las temperaturas invernales en el Atlántico norte descenderán 10ºC en el corto plazo de diez años. De la misma opinión es Robert Gagosian, presidente y director de la Institución Oceanográfica Woods Hole, quien vaticina que el cambio en las corrientes marinas puede surgir de modo inesperado en un lapso de veinte años.

Un fenómeno similar sucede con la llamada corriente de Labrador, que parte de la península homónima y alcanza a la corriente del Golfo frente a las costas de Nueva Inglaterra (Estados Unidos). Al igual que hemos visto antes, el deshielo de parte de la masa de hielo ártica puede afectar a esta corriente, reduciendo la densidad del agua, lo que, según los expertos, provocaría un invierno muy frío en toda la costa este de Estados Unidos.

Tres mejor que uno
Como no podía ser de otra manera, también hay voces discrepantes. En opinión de Richard Seager, de la Universidad de Columbia, la corriente del Golfo no es el único mecanismo responsable de la bonanza del clima europeo, sino que hay al menos otros dos: uno de ellos se basa en el hecho de que el océano se calienta menos que los continentes en verano y se enfría menos en invierno (1). A 50 grados de latitud norte, la diferencia entre la temperatura invernal y estival es de 5ºC en el Atlántico septentrional y de 50ºC en Siberia. En las latitudes medias, la circulación del aire calienta las regiones situadas al este de los océanos y enfría las del oeste. El viento toma el calor almacenado a lo largo de varios metros en el interior del agua y lo dirige hacia las costas europeas, dado que los vientos dominantes van de oeste a este en el Atlántico norte. Un segundo mecanismo se basa en la corriente de aire atmosférica que al bajar del Ártico americano barre las montañas Rocosas y tras girar se dirige a la costa este de Estados Unidos. Esta corriente activa otra que transporta aire cálido tropical a la costa europea.

Para determinar la importancia de cada uno de estos tres mecanismos en la bonanza del clima europeo, Seager creó un modelo matemático y vio que el efecto de las corrientes marinas era responsable de un calentamiento de sólo dos o tres grados centígrados (equivalente al 10%), mientras que el restante 90% se debía a los otros dos factores. La conclusión de este autor es que una disminución de la salinidad media del agua oceánica por el calentamiento global tendría un efecto mínimo sobre la temperatura en Norteamérica y Europa, aun cuando detuviese el flujo térmico de la corriente del Golfo.

Algunas evidencias
Hasta aquí las previsiones, pero ¿cuáles son las evidencias actuales? Veamos algunos datos. De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, en el siglo XX la temperatura media de la Tierra aumentó en más de 0’6ºC y fue mayor a partir de los años setenta. Por otra parte, fotografías recientes tomadas por la NASA demuestran que el ritmo de deshielo del hielo perpetuo del Ártico es de casi un 10% por década.

De resultas de este proceso de deshielo generalizado, en septiembre de 2003 se rompía una gran placa de hielo denominada Ward Hunt Ice Shelf. Situada en el noreste de Canadá, junto a Groenlandia, tenía 388 kilómetros cuadrados de extensión, 30’5 metros de grosor y 3.000 años de antigüedad. En la zona que ocupa esta placa se da un fenómeno de convección profunda, gracias al cual el agua fría desciende mientras que la caliente asciende, formando la ya mencionada corriente de Labrador. De manera que podemos estar asistiendo efectivamente al principio del fin de esta formidable bomba térmica.

Y, sin embargo, no se trata de una única tendencia: en los últimos años las grandes nevadas se han ido incrementando en la región de los Grandes Lagos, en la frontera entre Estados Unidos y Canadá, a medida que aumentaba la temperatura. Además, recientemente el equipo de Ian Joughin, del Jet Propulsion Laboratory, ha constatado que si bien en algunas zonas de la Antártida se detecta una disminución neta de la superficie de la banquisa, crece en otras –como en el mar de Ross– y los ríos de hielo que la alimentan tienden a aumentar de grosor. Uno de estos ríos de hielo se detuvo hace 150 años, sin que se conozca la causa, y en este hecho cree Joughin haber identificado ¡el final del presente período interglaciar y el principio de la próxima glaciación! (2).

Por lo visto hasta ahora, parece evidente lo difícil que resulta diseñar modelos aplicables a un sistema tan complejo como el clima terrestre. Es frustrante que, al preguntarnos sobre las consecuencias del cambio climático dentro de veinte o treinta años, la respuesta que nos brinda la ciencia oscile entre un panorama cada vez más achicharrante y unas expectativas sencillamente gélidas a causa de la acción combinada del Efecto Ártico y el principio de la nueva glaciación por causas naturales. ¿Hasta qué punto es determinante el papel de la corriente del Golfo en el clima europeo? ¿En qué medida nos puede afectar el previsible parón de las corrientes marinas planetarias? ¿Estamos de verdad entrando en una nueva era glaciar, sea por causas naturales o artificiales? Por ahora, ni siquiera los expertos son capaces de responder a estas preguntas, pero nada nos impide opinar sobre ellas.
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