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La vida social de las plantas

Por José Gabriel Segarra

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Jirafa bajo la copa de una acacia en el Parque Nacional Serengeti (Tanzania).
Jirafa bajo la copa de una acacia en el Parque Nacional Serengeti (Tanzania).
¿Hasta qué punto son conscientes las plantas de la presencia de otros seres vivos? Hace poco se pensaba que este tipo de percepciones eran muy limitadas, pero recientes investigaciones demuestran que las plantas gozan de una vida social más intensa de lo que se sospecha.
Aquella noche del lejano 1966 Cleve Backster llegó cansado a su despacho, después de una larga sesión de entrenamiento. Miembro de la policía metropolitana de Nueva York, probablemente era entonces el mayor experto americano en el manejo del polígrafo, más conocido como detector de mentiras, lo que le llevaba a enseñar el funcionamiento del sofisticado aparato a policías venidos de todo el mundo. Mientras descansaba se le ocurrió colocar los cables del polígrafo al tallo de una dracena (Dracaena massangeana) que la secretaria le había regalado para dar un toque de color a su austera oficina. Como quiera que la planta no parecía reaccionar a ninguno de los estímulos, Backster pensó en quemar con un fósforo a la planta y ver qué sucedía. Fue en ese preciso momento, antes de que empezara a materializar su idea, cuando la aguja del polígrafo se puso a girar de un lado a otro. ¿Había adivinado la planta su intención? Las plantas, esos seres sensibles Aquella primera experiencia supuso tal conmoción para el experimentado policía que a partir de entonces cambió radicalmente su vida. Durante los meses siguientes, Backster se embarcó en un ambicioso plan de investigación en el que obtuvo toda una serie de evidencias de que las plantas parecían reaccionar frente al pensamiento humano. ¿Sólo al humano? –se preguntaba a sí mismo– ¿No responderían también a estímulos de otros seres vivos? Para contestar a esta pregunta Backster diseñó un complejo experimento en el que un dispositivo totalmente automático y aleatorio dejaba caer unos cangrejos en agua hirviendo, mientras tres plantas en un cuarto contiguo permanecían conectadas a sendos polígrafos. Todo el dispositivo estaba orientado para que los experimentadores no pudieran conocer el momento exacto en el que se cocían los cangrejos, de forma que ante una eventual reacción de las plantas se pudiera descartar interferencia alguna por la mente humana. El análisis ulterior de los datos reveló que las agujas de los polígrafos se habían agitado frenéticamente en el momento de la muerte de los cangrejos. El experimento apareció publicado en el invierno de 1968 en el International Journal of Parapsychology con el título de Evidence of prymary perception in plant life. En opinión de Backster, las plantas poseían un sistema de percepción desconocido que se ponía de manifiesto con la muerte de animales y que funcionaba independientemente de la intervención humana. En este mismo artículo se hacía eco de las investigaciones del físico hindú Sir Jagadis Chandra Bose, quien medio siglo antes aseguraba haber demostrado la capacidad de las plantas para reaccionar frente a estímulos emocionales, como la música o las palabras amables. Aquel trabajo actuó como un revulsivo entre la comunidad científica. Mas de 7.000 investigadores de todo el mundo pidieron información sobre los experimentos de Backster al tiempo que científicos de veinticuatro universidades americanas se comprometieron a repetirlos. Los resultados, sin embargo, fueron confusos cuando no manifiestamente negativos. En un simposio celebrado en enero de 1975, patrocinado por la Sociedad Norteamericana para el Progreso de las Ciencias, cinco de los seis científicos que intervinieron negaron la posibilidad de que las plantas puedan reaccionar emocionalmente a los ataques y menos aún poner sobre aviso a sus congéneres por medios telepáticos. El estudio de la comunicación vegetal cayó en el descrédito. Señales de alarma entre vecinas Pero los acontecimientos dieron un giro insospechado en 1982, cuando David Rhoades, biólogo de la Universidad de Washington, descubrió que cuando el sauce era atacado por cierta especie de oruga, sus vecinos de la misma familia secretaban al instante una sustancia que bloqueaba el crecimiento de los insectos. ¿Cómo se podían comunicar entre sí los sauces? Investigadores del Departamento de Agricultura de dicha universidad sugirieron que algunos vegetales podrían emitir, en ciertas ocasiones, ultrasonidos que alertarían a los congéneres más próximos. Poco después se descubrió que las acacias de la sabana africana, cuyas hojas eran comidas por algún herbívoro, duplicaban la producción de taninos de sabor amargo en el resto de las hojas. Además, la planta afectada mandaba alguna clase de señal a las vecinas que también aumentaban la producción de taninos, lo que obligaba a los herbívoros a abandonar la zona. Algo igualmente sorprendente sucedía con ciertas plantas como las judías, el algodón o el maíz: al ser atacadas por parásitos, mandaban señales químicas que atraían a escuadrones de avispas que ponían sus huevos sobre los molestos huéspedes. Ante tales evidencias, algunos investigadores han especulado con la posibilidad de que las plantas se comuniquen entre sí a través de sus raíces, identificándose mediante determinadas firmas químicas. Amor fraterno Muy recientemente hemos asistido a otra vuelta de tuerca. Susan Dudley, de la McMaster University (Hamilton, Canadá), ha descubierto que cuando plantas de la misma especie comparten una maceta se vuelven más competitivas, incrementando la producción de raíces para absorber más nutrientes que la vecina. Hasta aquí, nada extraño. Lo que sí resulta sorprendente es que este comportamiento sólo se produce cuando las plantas que comparten maceta no están emparentadas genéticamente. En concreto, esta investigadora ha experimentado con la especie Cakile edentula, pariente de la mostaza y nativa de las costas de Norteamérica. Con ella ha podido demostrar que las plantas procedentes de la misma progenitora son más compatibles entre sí que otras de la misma especie pero con origen diferente. Es decir, cada planta evita incrementar la competencia con sus hermanas, lo que se traduce en que sus respectivas raíces no crecen más pese a convivir juntas en un medio con recursos limitados. Aparentemente se trata de un ejemplo de selección por parentesco, que consiste en evitar la competencia entre los individuos emparentados para maximizar la supervivencia de un mismo acervo genético, una característica que hasta ahora se consideraba exclusiva de los animales. Nuevos experimentos, aún sin publicar, demuestran que este comportamiento también se da en otras especies de plantas que compiten por la luz, de manera que únicamente se produce un crecimiento mayor de los tallos (con la manifiesta intención de captar más radiación solar) cuando las plantas no están emparentadas. ¿Cómo pueden discriminar las plantas entre parientes y extrañas? Se ignora, aunque Dudley sugiere que las plantas emparentadas podrían sintetizar una misma proteína u otro compuesto químico y cada individuo reconocería la presencia de la marca familiar a través de receptores en sus raíces. En cualquier caso, la investigadora admite que no deja de ser un comportamiento muy extraño, debido a la falta de memoria y de tejido nervioso en las plantas. Por otra parte, Dudley sólo ha trabajado hasta ahora con parejas de plantas. ¿Qué ocurrirá, se pregunta, si se mezclan diversas plantas? Es difícil de predecir, como tampoco se sabe qué ocurrirá cuando se mezcla gente variopinta en una fiesta. Al margen de su explicación científica, se trata de un descubrimiento importante para la agricultura, donde la competencia entre las plantas reduce la producción en los campos de cultivo. Al plantar juntos vegetales emparentados se podría reducir esa competencia y aumentar la cosecha. Evidentemente los descubrimientos de Dudley y Rhoades no convalidan el controvertido trabajo de Backster, pero al menos dejan de manifiesto que el flujo de información entre las plantas y su entorno es mucho más complejo de lo que se creía en un principio. Lo que sí parece cada vez más claro es que las plantas disfrutan de una vida social mucho más intensa de lo que nunca hubiéramos imaginado.
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