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El peligro de la autocomplacencia

lunes 31 de agosto de 2020, 14:33h
La noticia nos llegó justo cuando estábamos a punto de enviar este número de Quercus a la imprenta. Tras unos 140 días en el nido, Bienvenida ha echado a volar. Es el primer quebrantahuesos que nace desde hace décadas en el Parque Nacional de Picos de Europa. Su nombre estará ya siempre asociado a los éxitos que muy de cuando en cuando nos tienen reservados los equipos dedicados a la recuperación de especies amenazadas. Siempre lo hemos dicho: ¡qué costoso es, en tiempo y recursos, devolver una especie, ya sea animal o vegetal, al hábitat donde la vimos extinguirse! La desaparición suele ocurrir en el transcurso de unos pocos años, casi siempre por no haber sabido reaccionar a tiempo, pero volver al escenario anterior es mucho más lento y difícil.

En 2015 recibimos con el mismo entusiasmo a Esperanza, el primer pollo de quebrantahuesos que nació y voló en el Parque Natural de Cazorla desde los años ochenta del siglo pasado. Esperanza y Bienvenida son dos nombres henchidos de ilusión, como otros muchos proyectos similares que aglutinan a un amplio elenco de organismos y entidades para financiarlos y ponerlos en práctica, a menudo durante muchos más años de los que es capaz de soportar la paciencia de nuestros políticos y de la sociedad actual. Otra condición imprescindible es que haya un pequeño grupo de gente dispuesta a tirar del carro, como la Fundación para la Conservación del Quebrantahuesos y nuestro buen amigo Gerardo Báguena en el caso de Bienvenida. Ahora, una vez conseguido el primer éxito, parece fácil, pero ha exigido recorrer un arduo camino tachonado de fracasos, críticas y frustraciones.

Sin embargo, es tiempo de celebrar que Bienvenida y Esperanza sobrevuelen ya los cielos asturianos y andaluces. La recuperación de una especie como el quebrantahuesos es también una buena noticia para otras muchas con las que comparte hábitat y se benefician del efecto paraguas que dispensan las medidas de conservación adoptadas. Además, este tipo de proyectos suele servir de reclamo para obtener nuevos recursos para conservación y sensibilización pública, por no hablar del impulso que pueden cobrar actividades tan interesantes como el turismo basado en la observación de aves, siempre que esté bien planteado y ejecutado.

Tampoco es despreciable un efecto que hemos percibido tras años de interesarnos por estas actuaciones e informar de sus resultados: las reintroducciones sirven de acelerador para erradicar las amenazas que sufren las especies con las que se trabaja. Lo vimos en Andalucía, que abanderó una campaña sin precedentes contra los cebos envenenados cuando empezó a liberar quebrantahuesos, y lo hemos visto también con otros dos proyectos de los que nos hacemos eco en este mismo número de Quercus: las sueltas de águila perdicera o de Bonelli en la Comunidad de Madrid (págs. 38 y 39), que incluyen la corrección preventiva de tendidos eléctricos, y la cría en cautividad de alcaudones chicos destinados a los secanos de Cataluña (págs. 36 y 37), donde se está apostando por una agricultura compatible con la biodiversidad local.

Dicho esto, nada más lejos de nuestra intención que bajar la guardia. Cualquiera que se asome a nuestras páginas encontrará cada mes un sinfín de barrabasadas contra el medio natural. La realidad es tozuda y aún queda mucho por hacer, muchísimo. Sin ir más lejos, dos informes que acaban de llegar a nuestras manos reflejan la insistencia de esa implacable realidad: uno de SEO/BirdLife y WWF, que estima en un mínimo de 20.000 los animales salvajes que murieron envenenados en España entre 1992 y 2017; el otro, de la primera de estas ONG, cifra en cinco millones el número anual de aves muertas por colisión contra tendidos eléctricos. Los desafíos a los que nos enfrentamos para defender la biodiversidad son de tal envergadura que no hay lugar para la autocomplacencia.
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