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Equilibrios inestables

miércoles 30 de junio de 2021, 16:25h

Aunque no lo parezca, este número de Quercus es casi un monográfico sobre las nuevas tendencias en conservación, más dirigidas a los procesos que a las especies. Ahí está, por ejemplo, la larga conversación mantenida con Jordi Palau sobre los contenidos de su libro Rewilding Iberia, editado el año pasado por Lynx (págs. 20-27). Dentro de la misma órbita está el artículo de Juan Jiménez sobre la extinción de las grandes fieras en Europa, un proceso relativamente reciente a la escala que deben contemplarse estos acontecimientos (págs. 28-34). E incluso el que dedican Alejandro Delgado y Luis María Carrascal al salvamento de la única población existente de pinzón azul de Gran Canaria (págs. 12-19). De hecho, tenemos la sospecha de que llevamos décadas hablando de cómo renaturalizar España sin caer en la cuenta de que todo eso se llama ahora rewilding, un término importado de la cultura anglosajona.

Por el momento, las experiencias sobre renaturalización (o rewilding) que han trascendido son más o menos anecdóticas y han puesto el acento en especies muy llamativas. Algunos aventurados han llegado a especular con la posibilidad de recuperar la fauna americana de antaño, con algo equivalente a los mamuts. En España tenemos la experiencia aún germinal de los bisontes europeos introducidos en varias provincias españolas. Y qué son sino rewilding las medidas en defensa del lobo, que antaño ocupaba, no sólo la Península Ibérica, sino una masa continental tan extensa como Eurasia. Sí, hace tiempo que estamos aportando ideas y herramientas para renaturalizar lo que destruye la implacable economía de mercado.

Pero, por atractivos que resulten, lo mejor sería olvidarse un poco de los grandes tótems de la conservación. Quizá sean lo más visible, pero sólo deberíamos considerarlos como el emblema de algo mucho más profundo. En realidad, se trata de recuperar los procesos ecológicos que han permitido prosperar a esas especies, un empeño menos visible, pero de mayor calado. En eso radica el sentido revolucionario de la renaturalización, pues, si el medio no reúne las condiciones adecuadas, de nada servirá invertir enormes esfuerzos, humanos y financieros, en mantener artificialmente algunos animales espectaculares. Pueden servir de atracción turística, pero por sí mismos no habrán ayudado a recuperar de verdad una biocenosis sana. Es lo que ocurre en los zoológicos: la cautividad es muy costosa.

Luego está el problema de fondo, el de siempre, el que genera por su propia inercia el modelo de desarrollo que hoy impera en todo el mundo. Los recursos naturales son una parte considerable del negocio y los bienes intangibles de conservar la biodiversidad resultan más difíciles de contabilizar. También influye la escala de tiempo: ante beneficios rápidos, poco puede hacer el parsimonioso ritmo de los fenómenos naturales en su conjunto, siempre sacudido, eso sí, por episodios puntuales de transformadora convulsión. El reto reside en buscar equilibrios, un tira y afloja que sea compatible con un medio ambiente saludable, que pasa por ser, entre otras cosas, uno de los principales derechos humanos. En este número de la revista hay también ejemplos de lo complicado que resulta alcanzar un término medio virtuoso. Por ejemplo, la avalancha de parques eólicos y plantas solares que se nos viene encima debería gestionarse con prudencia y criterios que favorezcan, no sólo a la lucha contra el cambio climático, sino también a la conservación de la biodiversidad.

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