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CUARENTA AÑOS DESPUÉS

Un 15 de agosto de hace justo cuarenta años apareció en el BOE el primer decreto de creación del Parque Nacional de Doñana. “Aquella noche, la más larga de mi vida, la pasé explicando a mi mujer cuánto, desde aquellos lejanos días de 1952, había deseado que llegara ese día”, cuenta José Antonio Valverde en sus impagables Memorias de un biólogo heterodoxo.

Pocos años antes, el naturalista español que asumió la tarea ciclópea de hacer realidad su sueño de unas marismas del Guadalquivir protegidas, había sido testigo de excepción del nacimiento del WWF, fundación creada para apoyar económicamente la salvación de Doñana antes de convertirse en el símbolo planetario de la defensa de la vida silvestre amenazada.

Cuarenta años después de aquel BOE, la oficina española del WWF (conocida durante buena parte de su larga trayectoria como Adena, otras siglas históricas), ha presentado un informe que a buen seguro habría también desvelado a Valverde, pero esta vez no por la emoción de un sueño realizado, si no por la desilusión de todo lo contrario. Doñana no podrá sobrevivir si no consigue ver triplicada la cantidad de agua que recibe hoy en día (estimada en 75 hectómetros cúbicos al año), advierte el informe.

WWF España se basa en este documento para reclamar que se reduzcan a la mitad los cultivos del entorno del parque nacional que se riegan con aguas subterráneas (mayoritariamente fresón), a menudo obtenidas con pozos ilegales que deberían estar cerrados. Además, esta ONG exige que no se demoren más las actuaciones de restauración hidrológica a la que se comprometieron años atrás las administraciones en el famoso plan “Doñana 2005”, con el objetivo de que el río Guadiamar vuelva a inundar la marisma.

Cuarenta años después de aquel BOE, Doñana ha perdido el 80% del aporte natural de agua que tenía. En condiciones normales, los acuíferos descargaban en los arroyos y estos, a su vez, en la marisma. Sin embargo, los regadíos han bloqueado este flujo al robar el agua y hacer que Doñana muera lentamente de sed. Así lo indica la desaparición de buena parte de la vegetación que depende de estos aportes, por no hablar de la disminución de las poblaciones emblemáticas de especies muy ligadas al medio acuático, como el avetoro o la cerceta pardilla.

Otro espacio protegido ha sido aún más dañado por el robo de agua para el riego agrícola abusivo: las Tablas de Daimiel, antaño corazón vivo de la Mancha Húmeda y actualmente un remedo reseco y agonizante de aquel esplendor natural de antaño, hasta el punto de que únicamente la inercia histórica justifica que mantenga su largo currículo de títulos proteccionistas, empezando por el de parque nacional. Cuarenta años después de aquel BOE, Doñana corre hoy en día el peligro de convertirse en un nuevo Daimiel.
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