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Vamos a la playa

En las costas gallegas aún se conservan algunas playas “de libro”, de esas que las urbanizaciones se han encargado de destrozar a lo largo de la fachada mediterránea. Más o menos, se ajustan al siguiente esquema: un humedal hacia el lado de tierra, una barrera de dunas intermedia y, finalmente, la playa. Vistas desde un altozano, son todo un ejemplo de dinámica litoral, un mundo cambiante y lleno de vida. Las playas del mediterráneo, salvo rarísimas excepciones, solamente conservan esta última franja y ni siquiera completa, pues las dos anteriores son las que se han visto usurpadas por el entramado urbano. Evidentemente, el acceso a las playas gallegas no es cómodo. Hace falta caminar una cierta distancia –a menudo cargados– y a veces incluso vadear a pie enjuto la zona que se inunda con las mareas vivas. Escollos menores que nunca han disuadido a los verdaderos amantes de la playa, pero que actúan como un freno para indecisos y domingueros.

El naufragio del Prestige, hace ya siete años, tuvo muchas consecuencias indeseadas, entre ellas un improvisado acceso a playas y escolleras para facilitar su limpieza. Buena parte de esas infraestructuras de emergencia se han consolidado después con fines turísticos. Y, lo que es peor, la actual crisis económica tiene visos de convertirse en una segunda marea negra. A mediados de noviembre, el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino adjudicó 261.219 euros a, literalmente, “el proyecto de recuperación de la servidumbre de tránsito peatonal en el litoral de Carnota”, que traducido al román paladino significa construir nuevos accesos en una de esas soberbias playas gallegas. No son los primeros. Precisamente con cargo a las compensaciones del Prestige, ya se han venido ampliado aparcamientos y levantado pasarelas para facilitar la entrada a las playas de Carnota. Ahora, el famoso Plan E (Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo) vuelve a la carga y trata de compensar las pérdidas económicas con pérdidas ambientales. Lo más curioso del asunto es que todo se hace precisamente con el propósito de favorecer “la regeneración de la franja litoral”.

Cualquiera que conozca aquella zona sabe de sobra que la franja litoral no necesita regeneraciones si se mantiene un turismo tradicional de muy baja intensidad, como hasta ahora. También habrá podido comprobar que el pisoteo que se evita con las pasarelas no compensa la creciente avalancha de público y la aparición de especímenes antes desconocidos como la moto acuática y el kite-surf. Lo siguiente será el paseo marítimo y el chiringuito playero. La sensación es que estas bellísimas y muy poco frecuentadas playas gallegas han iniciado un camino, quizá sin retorno, hacia la banalización mediterránea. Sólo queda confiar en el efecto disuasorio de otros factores locales: la lluvia, el ventarrón y la baja temperatura de las aguas de baño.

Ahora bien, ¿no hay otra forma de reactivar la economía y favorecer el empleo que dilapidando capital natural? La receta se antoja rancia para el siglo XXI y, dadas las circunstancias, más valdría que se concedieran esas ayudas a fondo perdido. Así, mientras no florezcan ideas más sensatas en nuestros responsables políticos, al menos no desnudaremos un santo para vestir a otro.

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