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La Red Natura 2000 ha venido para quedarse

Con lo difícil que resulta declarar un solo parque nacional, parece mentira que los europeos nos pusiéramos de acuerdo hace 25 años para crear el mayor entramado planetario de espacios protegidos: la Red Natura 2000. Hoy cubre el 18% de la Unión Europea, es decir, más de un millón de kilómetros cuadrados, y también alrededor del 6% de sus mares. Tras unos meses de preocupación e incertidumbre, a mediados de diciembre asistimos a otro hito de la política ambiental: el reciente visto bueno de la Comisión Europea a mantener sin retoques las directivas de Aves y de Hábitats, las dos leyes que protegen la naturaleza y otorgan legitimidad jurídica a la Red Natura 2000.

Para regocijo de neoliberales y euroescépticos, Bruselas sembró en un primer momento la duda sobre la eficacia de ambas directivas y propuso que, como mínimo, fueran revisadas. Es decir, descafeinadas, desvirtuadas y, sobre todo, desnaturalizadas. Poderosos intereses económicos pujaban contra lo que consideran una barrera a las actividades productivas. Pero ni hablar. Más de medio millón de ciudadanos vieron que se estaba jugando con fuego y apostaron por la biodiversidad europea al exigir que no se tocasen ni en la forma ni en el fondo. La campaña #NatureAlert, que en nuestro país se han encargado de difundir tres ONG (WWF, SEO/BirdLife y Ecologistas en Acción), ha tenido un papel decisivo. Pero, como suele ser habitual, las victorias pocas veces son completas y definitivas, lo que nos obliga a mantener la alerta y seguir siendo exigentes en cuanto al cumplimiento de las directivas salvadas de la hoguera.

Una buena ocasión para demostrarlo es la tramitación del plan de gestión de las ocho Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA) de Castilla-La Mancha que han sido declaradas como tales debido a su importancia para las especies esteparias. También en diciembre, por las mismas fechas del plácet de Bruselas, salió a información pública dicho plan de gestión. Tal y como informamos en este número de Quercus (pág. 26), su borrador deja las puertas abiertas a las viñas en espaldera, una forma de cultivo dañino para la biodiversidad. En el fondo, el mensaje implícito en esta tibieza proteccionista es que la Red Natura 2000 se sigue viendo como un freno, esta vez a la agricultura y la ganadería intensiva. En lugar de mirar más allá, hay que buscarles acomodo por imperativo legal. ¿No sería mejor considerar a la Red Natura 2000 como una aliada de ensueño? ¿La ocasión de impulsar de una bendita vez un sector agrario más sostenible y con futuro? ¡Qué poco previsores, qué impacientes!

Todo esto lo lleva diciendo hace mucho tiempo la ciudadanía más concienciada, las ONG conservacionistas, multitud de científicos y hasta algunas empresas que empiezan a percibir la oportunidad de negocio. Pero todavía son legión los que ni siquiera han oído hablar de la Red Natura 2000. Peor aún, muchos habitantes de los lugares protegidos tienen una percepción negativa y solicitan compensaciones por las trabas que les impone. Queda un largo camino para que se produzca ese cambio de mentalidad a gran escala y con nuestras flamantes directivas incólumes no podemos desfallecer en el empeño. Merece la pena.

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