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De la pasta de arroz a las modernas resinas sintéticas

Falsificaciones de conchas: pasado y presente de una práctica en aumento

Texto y fotos: Arturo Valledor de Lozoya

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Desde su inicio a principios del siglo XVIII, el comercio de conchas, como cualquier otro mercado, no está libre de timos y falsificaciones. El propósito de los mercaderes sin escrúpulos nunca fue otro que dar gato por liebre a sus clientes, pero la tecnología moderna permite fabricar réplicas tan perfectas que, una vez asumida la estafa, empiezan a ser valoradas por coleccionistas y malacólogos, al menos como curiosidades.
Hace algunos meses, varios malacólogos con muchos años de experiencia y casi tantos de amistad nos reunimos para celebrar una comida y hablar de moluscos. Además de quien suscribe, a dicha reunión asistían los biólogos marinos José Templado y Ángel Luque; los coleccionistas Javier Conde y Miguel Fernández Antón, propietarios de las mejores colecciones privadas de conchas de España; Oscar Soriano, actual conservador de invertebrados del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y Enrique Vidal, quien, como todos los demás, fue miembro fundador de la Sociedad Española de Malacología. Para disfrute de los asistentes, Fernández Antón llevó a la reunión la concha de un raro epitónido llamado Cirsotrema rugosum. La pieza, excepcional no sólo por la escasez de la especie sino por su tamaño y perfección, había sido comprada en 2002 por mil dólares a un pescador y comerciante de conchas de Davao (Filipinas), quien de entrada había pedido el doble por ella. Ésta pasó de mano en mano despertando la unánime admiración de los reunidos, si bien Luque, que casualmente es especialista en epitónidos e incluso ha trabajado sobre estos caracoles en la Gran Barrera auspiciado por una universidad australiana y conmigo como ayudante, comentó que el opérculo no parecía corresponder a dicha especie sino a Epitonium scalare, otro miembro de la misma familia más conocido como escalárido precioso a causa de la belleza de su concha y de su extrema rareza en el pasado. Algunos de los pocos ejemplares que de él se conocían en el siglo XVIII estaban en los Kunstkammern del emperador Francisco I, de la zarina Catalina de Rusia y del duque de Calonne, ministro de Hacienda inmediatamente antes de la Revolución Francesa, que guardaba el suyo en una caja de ámbar hecha a la medida. Tan valiosa llegó a ser esta concha que, según cuentan casi todos los libros de malacología, algunos comerciantes orientales la falsificaban en pasta de arroz y al parecer de forma tan hábil que el fraude sólo era descubierto cuando, al lavarla, se disgregaba ante los atónitos ojos de su propietario, que antes habría pagado por ella una fortuna. Es de suponer que todas las conchas falsas del escalárido precioso debieron correr tal suerte, ya que hasta la fecha no ha aparecido ninguna pese a que hoy su valor sería mucho mayor que el de una real, asequible por una pequeña fracción del que tuvo en otros tiempos. Hace algunas décadas, cierto marchante de Londres sospechó haber dado con una, ya que tenía un peso inferior al habitual, pero superó la prueba del agua.
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