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Hagan juego

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
La crisis económica es capaz de justificar cualquier tropelía. Ahí tenemos, sin ir más lejos, el bochornoso asunto de Eurovegas, con tintes que recuerdan a Bienvenido Míster Marshall. El clásico de Berlanga, filmado hace casi sesenta años, en 1953, no parece haber perdido ni un ápice de actualidad. Un país como el nuestro, que recorta inversiones en investigación, sanidad, pensiones y educación pública, se permite el lujo de pujar e incluso competir por un vulgar casino. Para colmo, el magnate americano que deslumbra con su lluvia de millones de dólares exige a cambio condiciones especiales que vulneran la legislación vigente, sobre todo en materia fiscal, laboral y sanitaria. Una especie de puerto franco para la ludopatía. Poderoso caballero es Don Dinero, y esto ya lo escribió Quevedo hace tres siglos y medio.

Los lectores de Quercus recordarán que, hace no muchos años, se barajó un asunto igual de turbio con destino a Los Monegros. Según el modelo americano, juego y desiertos parecen ser una combinación muy rentable. En España las principales candidatas para albergar el tugurio y todo el oropel que lleva aparejado son Madrid y Barcelona. Pero recientemente se han unido al coro de suplicantes algunos grupos empresariales con intereses en Marina d’Or (Castellón) y el desierto de Tabernas (Almería). Está visto que los reflejos del becerro de oro siguen deslumbrando a los pobres de espíritu, algo que ya sabían los autores del Éxodo hace 4.500 años.

Pese a las ofertas, parece que solamente las dos grandes capitales españolas reúnen las condiciones necesarias para que el negocio cuaje. Marina d’Or, emblema del ladrillazo costero, pilla muy a trasmano y es casi seguro que su aeropuerto sin aviones seguirá siendo un bonito lugar de paseo para los vecinos de Castellón. El desierto de Tabernas es un paraje todavía más periférico y, aunque guarda cierta semejanza con las desoladas llanuras de Nevada, resulta poco atractivo para Míster Marshall.

Al margen de lo anterior, tanto el desierto de Tabernas como Los Monegros son espacios de enorme valor ecológico que ni los empresarios ni los gestores públicos, gremios donde la ignorancia se considera un mérito, tienen el menor reparo en transformar profundamente. Para ellos son terrenos baldíos, que bien podrían “ponerse en valor” y sacarles alguna rentabilidad, aunque sea a costa de un negocio tan dudoso como el juego. Las periferias de Madrid y Barcelona conocieron tiempos mejores, pero aún así podrían objetarse razones ambientales para desaconsejar un proyecto de dimensiones faraónicas. A todo esto, en la Comunidad de Madrid ya existe un casino sobre el que pesa la amenaza de un expediente de regulación de empleo.

Con ser importantes, esta vez no se trata sólo de evitar especulaciones urbanísticas en terrenos de interés natural, sino de cuestionar un modelo económico en el que todo palidece ante la dictadura del dinero. Las actuales turbulencias financieras no son ajenas a esa forma de pensar y actuar. Temíamos que el pensamiento único fuera político y resulta que va a ser pecuniario. Al cierre de este número de Quercus, las últimas noticias eran que Míster Marshall estaba replanteándose la idoneidad de instalarse en España. No parece un país seguro para sus inversiones. No, al menos, hasta que se aclare el futuro del euro. Como en la película de Berlanga, lo más probable es que al final pase de largo, dejando tras de sí una humillante polvareda.
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