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La Mancha Húmeda, triste espejo de los humedales mediterráneos

Texto y fotos: Mariano Velasco, Santos Cirujano y Miguel Álvarez

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:53h
Los humedales mediterráneos pasan por un mal momento. La falta de un compromiso real por parte de las administraciones responsables pone en peligro algunos de nuestros aguazales más representativos. Es el caso de la Reserva de la Biosfera de La Mancha Húmeda, reciente objeto de atención mediática por el incendio de turbas en las Tablas de Daimiel.
En 1968 la Unesco organizó la primera conferencia intergubernamental dirigida a examinar el problema de cómo conciliar la conservación de la naturaleza con el uso de sus recursos. Su fruto fue el Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MaB) que, en 1974, presentó como uno de sus proyectos originales la creación de una red mundial de enclaves que incluyera los principales ecosistemas del planeta. Estos lugares se denominarían Reservas de la Biosfera, en referencia al propio Programa MaB.

En 1976 se creó la Red Mundial de Reservas de la Biosfera, constituyendo éstas hoy en día una herramienta esencial dirigida a favorecer los objetivos del Programa MaB, a saber: lograr un equilibrio sostenible entre las necesidades en conflicto, conservar la diversidad biológica, fomentar el desarrollo económico y conservar los valores culturales vinculados a la humanidad.

Las Reservas de la Biosfera son propuestas por los Estados, de forma voluntaria, a través de unos comités nacionales, y se incluyen en la red mundial mediante un acto de designación efectuado por el Consejo Internacional de Coordinación del Programa MaB. Pues bien, en noviembre de 1980, a propuesta del Gobierno español, una superficie no bien delimitada de unas 25.000 hectáreas fue designada como Reserva de la Biosfera de La Mancha Húmeda.

Con unas 8.600 hectáreas inundables repartidas en medio centenar de humedales, esta reserva abarcó lagunas asociadas a cursos fluviales (Ruidera), llanuras de inundación (Tablas de Daimiel), un buen número de lagunas más o menos salinas que se han denominado esteparias –Manjavacas, Salicor y Tírez, entre otras– y lo que quedaba de las vegas de los ríos Záncara, Gigüela y Guadiana.


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