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Septiembre - 2018    20 de septiembre de 2018

Editorial

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Durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, los humanos no tuvimos más remedio que compartir territorio con otras muchas especies animales. Unas veces como depredadores y otras como presas. Eso cambió drásticamente hace apenas 8.000 años, cuando la revolución del Neolítico planteó un nuevo escenario en nuestras relaciones con la fauna silvestre, y no ha hecho más que exacerbarse desde entonces. La convivencia más conflictiva era y sigue siendo con algunos competidores directos, a los que hemos erradicado o, en el mejor de los casos, arrinconado hasta lugares donde no molestaran demasiado. Los dos ejemplos más notables de esta desigual batalla son el oso y el lobo, a los que dedicamos muchas páginas en este y en el siguiente número de Quercus. Hace apenas unos años ambos eran considerados alimañas, pero hoy en día se han convertido en joyas zoológicas que merece la pena conservar. Muchos esfuerzos se han invertido en evitar su extinción definitiva y gracias a ellos la tendencia de sus poblaciones ha sufrido un cambio: lo que antes era escaso y remoto ahora empieza a ser más abundante y cercano. Lo cual plantea, claro está, problemas de convivencia.


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