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Junio - 2020    21 de junio de 2024

Editorial

Tenéis en vuestras manos el número 400 de Quercus. Una revista de las clásicas, en papel impreso, como aquella primera y aventurada entrega de 1981, hace ya casi 38 años, con su flamante lechuza en la portada. Son unas cifras a tener en cuenta, más allá de la frialdad numérica o de los caprichos del sistema decimal. Como es inevitable en cualquier trayectoria que consiga dilatarse en el tiempo, a lo largo de estos 400 números ha pasado de todo: bueno, malo y regular. Pero el balance ha de ser por fuerza positivo, ya que de otra forma no estaríamos aquí. Ítaca queda aún lejos, pero el viaje sigue mereciendo la pena, que era en lo que insistía Cavafis.

A finales del pasado mes de marzo, el Consejo de Ministros revisó el Catálogo español de especies exóticas invasoras e incluyó dos nuevas plantas peligrosas para los ecosistemas canarios: el tabaco moruno (Nicotiana glauca) y la hierba de la Pampa (Cortaderia selloana). La última de las cuales, por cierto, ya había sido catalogada como funesta para la flora peninsular. Pero a la lista se añadieron tres reptiles y un mamífero, que no tardaron en saltar a la palestra mediática como casos pintorescos. No en vano, pues eran la pitón real (Python regius), el varano de la sabana (Varanus exanthematicus) y la tortuga de la península de Florida (Pseudemys peninsularis), además del cerdo vietnamita, un animal doméstico cada vez más apreciado como mascota. ¿Nos hemos vuelto locos?

El 1 de diciembre de 2015, cerca de la ciudad de Málaga, moría electrocutada el águila perdicera Oteo. Había nacido seis meses antes en un centro de cría francés y fue liberada a finales de esa primavera en la provincia de Álava. Gracias a su emisor GPS fue posible seguir sus movimientos de norte a sur de España, a través de siete comunidades autónomas, hasta que murió al posarse sobre el poste de un tendido eléctrico malagueño. No era la primera vez que un águila objeto de seguimiento científico caía fulminada por ese letal latigazo de alto voltaje, pero Oteo fue sin duda la que colmó el vaso de la indignación. Es enorme la cantidad de aves que mueren en España por electrocución o colisión en este tipo de infraestructuras. Un problema mayúsculo que se ha convertido en el principal azote para especies protegidas y amenazadas, entre ellas precisamente el águila perdicera.

En la primera página del Observatorio publicamos una nota breve sobre lobos que capturan corzos enfermos. Las larvas de un díptero parásito, Cephenemyia stimulator, se alojan en el hocico de los corzos y hacen que resulten más vulnerables a los depredadores. El “gusano de la nariz”, como se conoce vulgarmente este trastorno, también incrementa la tasa de mortalidad natural de sus hospedadores. Con presas fáciles y abundante carroña, el resultado no es difícil de imaginar: los lobos apenas atacan al ganado y la conflictividad social es casi nula en aquella zona suroccidental de Asturias. El lobo se percibe allí en términos positivos, como un agente sanitario.

Una parte considerable de cualquier carrera científica se sustancia en publicar los resultados de las investigaciones. Dicho así parece una perogrullada, pero no resulta tan obvio cuando la publicación se convierte en un fin académico en sí mismo y deja de ser un medio para poner en circulación conocimientos valiosos para el resto de la sociedad.

Hemos llegado al extremo de que se investigue para publicar y quizá no tanto para profundizar en una faceta concreta de la ciencia o buscar sus aplicaciones prácticas. En el mundo académico, llegan a pesar más las propias publicaciones que sus posibles consecuencias. No es extraño que hayan proliferado todo tipo de revistas, sobre todo electrónicas y en inglés, que permiten engordar el curriculum sin demasiados escrúpulos y, eso sí, a buen precio. En efecto, muchas revistas científicas, incluso las más renombradas, cobran por publicar. Un negocio redondo, aunque con frecuencia dudoso, hijo de estos tiempos acelerados que vivimos, en los que la apariencia –o el dinero– pesa más que el mérito.

Aunque mucho menos conocido, en nuestra fauna hay un vertebrado tan amenazado como el lince y el águila imperial. Su área de distribución se ciñe también a la Península Ibérica, pero no atrae el interés de la prensa ni suele beneficiarse de los planes y medidas que se arbitran para otras especies más carismáticas. Nos referimos al desmán ibérico (Galemys pyrenaicus), un pequeño topo de hábitos nocturnos y vida semiacuática, al que dedicamos muchas páginas en este número de Quercus.

En concreto, publicamos un cuadernillo central elaborado por el equipo responsable del proyecto LIFE+ Desmania, que ha contribuido lo suyo a sacar del ostracismo a este auténtico duende invisible. Sobre todo en las dos comunidades autónomas donde se desarrolla el proyecto, Castilla y León y Extremadura. Empezaron hace casi seis años y lo han dado por terminado el 31 de diciembre de 2018. Entre sus éxitos, cabe destacar una fórmula de colaboración sin precedentes entre gestores e investigadores en pos de un objetivo común: salvar las poblaciones más amenazadas de desmán ibérico. Aunque no abunda en ninguna parte, la batalla por la defensa de esta especie se libra en las sierras del Sistema Central, que marcan el límite más sureño de su área de distribución. A día de hoy, estos últimos contingentes sobreviven acantonados en unos pocos cauces fluviales del noreste de Cáceres y el suroeste de Ávila.

L a historia del movimiento ecologista español se cifra ya en décadas. La más veterana de nuestras ONG, que es la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife), ha alcanzado los 64 años. La antigua Adena, hoy WWF España, cumplió 50 el año pasado. Greenpeace se constituyó legalmente en 1984, año de resonancias distópicas, pero en 1982 ya había impedido el vertido de bidones con residuos radiactivos frente a las costas gallegas. Amigos de la Tierra, por ceñirnos a las cinco grandes ONG ambientales de nuestro país, nació en diciembre de 1979, así que acaba de cumplir 39 años. La más joven del llamado G5 es Ecologistas en Acción, que también está de cumpleaños y a la que dedicamos varias páginas en este número de Quercus. Aunque los más de trescientos grupos locales que se confederaron en 1998 eran muy anteriores y algunos de ellos se remontan a los tiempos de la transición democrática. Así que no estamos hablando de una moda pasajera, sino de un movimiento social relevante y bien asentado. Lo que corresponde a un país europeo del siglo XXI.

Ledanca, kilómetro 95 de la Nacional-II. Viaje de regreso del Delta Birding Festival. Paramos a reponer combustible. Tres llamadas perdidas en el teléfono móvil. Número desconocido. Algo urgente. Hace cien kilómetros no había ninguna. Contesta Rafael Pardo. A duras penas se le escucha entre el fragor del tráfico. Es el presidente del jurado de los Premios de la Fundación BBVA a la Conservación de la Biodiversidad y parece que tiene buenas noticias. ¿Será una broma? Confiesa que, después de tres llamadas fallidas, estaban a punto de pasar al siguiente candidato. Debe tratarse, en efecto, de una broma.

El pasado 13 de agosto el Boletín Oficial del Estado publicó una lista con las 13 especies animales y 19 vegetales que se consideran “extinguidas en todo el medio natural español.” Es una exigencia que establece la Ley del Patrimonio Natural y la Biodiversidad de 2007, cumplida por la Comisión Sectorial de Medio Ambiente en su reunión del 26 de julio anterior. En total, 32 especies. Una de las razones jurídicas de esta lista negra es que no pueden arbitrarse medidas de reintroducción hasta que se hayan dado oficialmente por extinguidas y, claro está, siga habiendo reservas en algún otro lugar. Sin cumplirse dicha formalidad, tampoco pueden destacarse presupuestos destinados a tales fines. Pero a partir de ahora sí.

Durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, los humanos no tuvimos más remedio que compartir territorio con otras muchas especies animales. Unas veces como depredadores y otras como presas. Eso cambió drásticamente hace apenas 8.000 años, cuando la revolución del Neolítico planteó un nuevo escenario en nuestras relaciones con la fauna silvestre, y no ha hecho más que exacerbarse desde entonces. La convivencia más conflictiva era y sigue siendo con algunos competidores directos, a los que hemos erradicado o, en el mejor de los casos, arrinconado hasta lugares donde no molestaran demasiado. Los dos ejemplos más notables de esta desigual batalla son el oso y el lobo, a los que dedicamos muchas páginas en este y en el siguiente número de Quercus. Hace apenas unos años ambos eran considerados alimañas, pero hoy en día se han convertido en joyas zoológicas que merece la pena conservar. Muchos esfuerzos se han invertido en evitar su extinción definitiva y gracias a ellos la tendencia de sus poblaciones ha sufrido un cambio: lo que antes era escaso y remoto ahora empieza a ser más abundante y cercano. Lo cual plantea, claro está, problemas de convivencia.

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