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Junio - 2020    16 de abril de 2024

Editorial

Casualidad o no, hace años empezamos a sospechar que, cuando aparecían en Quercus noticias sobre aves electrocutadas, a veces tenían como consecuencia el arreglo del tendido en cuestión. Desde entonces publicamos todas las informaciones que nos llegan sobre ese tipo de accidentes, mejor aún si vienen acompañadas de sus correspondientes fotografías, para que quede bien claro en qué línea eléctrica hay que actuar. Esta pauta es ilustrativa de que nuestra labor no se reduce simplemente a informar: también queremos –o al menos lo intentamos– que el lector nos vea involucrados activamente en la defensa de la biodiversidad, que perciba que la revista no sólo le pone al día sino que también predica con el ejemplo. Implicarse en la causa conservacionista ha sido un rasgo de Quercus desde sus inicios hace ahora 35 años y por eso formamos parte de la Plataforma SOS Tendidos Eléctricos, que empezó a gestarse hace algunos meses y sobre cuyo lanzamiento oficial informamos en la página 67 de esta revista.

La población mundial de la especie humana ha pasado de tener unos 1.000 millones en el año 1800 a superar los 6.000 millones en el año 2000. ¡Un subidón de 5.000 millones en 200 años! En otras palabras, un crecimiento exponencial. Thomas Malthus publicó su Ensayo sobre el principio de población precisamente en 1798 y ya puso el acento en el grave problema que suponía su proyección desorbitada en un planeta donde los recursos son a la fuerza limitados. La polvareda que levantó en su época fue antológica y todavía resuena en los tiempos actuales. Son legión los que aún defienden un estatus de privilegio para nuestra especie, con profundas raíces en prejuicios religiosos, y se niegan a aceptar que somos, en términos biológicos, una auténtica plaga. Como todo el mundo sabe, Darwin, él mismo responsable de otra conmoción similar o todavía mayor, era un declarado seguidor de Malthus.

Más vale decirlo desde el principio: los centros de recuperación de fauna juegan un papel decisivo en la conservación de multitud de especies animales. Sobre todo en primavera y verano, cuando la temporada de cría genera de forma inevitable y espontánea un sinfín de huérfanos. Los centros que dependen de las administraciones públicas cumplen de oficio con este loable cometido. Pero los centros privados, con frecuencia gestionados por organizaciones no gubernamentales, tienen un mérito digno de ser reconocido. Se nutren de las cuotas de sus asociados, buscan recursos donde buenamente pueden y también reciben el apoyo de ayuntamientos y comunidades autónomas. Pero, a veces, no con la generosidad y la rapidez que sería deseable.

Cuando esta revista llegue a sus lectores, ya se habrán celebrado las segundas elecciones generales en el plazo de seis meses. Pero el cierre nos pilló en plena campaña electoral. Una de las lecturas positivas de este regreso a las urnas es que los partidos políticos parecen haber aprendido la lección y el medio ambiente empieza a aparecer en sus programas. En una reciente reunión celebrada con el sector de las energías renovables, los grupos ecologistas y las entidades de la sociedad civil, tanto PSOE y Unidos Podemos como Ciudadanos –el Partido Popular no quiso participar– presentaron sus propuestas para las elecciones del 26 J. Todos los partidos asistentes identificaron el proceso de transición energética basado en las energías renovables como la principal respuesta al cambio climático. Además, PSOE y Unidos Podemos reiteraron su propósito de cerrar las centrales nucleares.

Lobo en portada, amplio informe sobre turismo lobero y cita, nada casual, con la feria MADbird, que se celebra del 10 al 12 de junio en el corazón de Madrid y aborda precisamente nuevas formas de negocio relacionadas con la observación de fauna. Es muchísimo mejor el lobo como reclamo turístico que como especie cinegética y, además, va camino de generar más ingresos que su caza legal. El furtivismo, las batidas sañudas y los trofeos fraudulentos son otra historia. Una historia muy negra.

Doscientos osos, 300 manadas de lobo, 500 parejas de águila imperial... Son cifras que reflejan el tamaño actual de las poblaciones de nuestras especies más emblemáticas. Nos gustan los números redondos. El de más reciente difusión es un hito: 400 linces ibéricos dados a conocer con indisimulado orgullo por la Junta de Andalucía en un seminario internacional que tuvo lugar en Sevilla el pasado mes de abril. Pocas especies permiten presumir de tan indudable recuperación numérica, gracias sobre todo a la cría en cautividad y a la suelta constante de ejemplares. Nadie nos lleva la delantera en montar granjas de linces. Pero, ¿es suficiente con eso?

Esa fue, precisamente, la consigna más coreada el pasado 13 de marzo durante la gran manifestación de Madrid en defensa del lobo ibérico: “lobo vivo, lobo protegido”. Allí había de todo. Una Caperucita Roja dispuesta a cambiar el final del cuento. Una pancarta inspirada en los Beatles: “All you need is wolf”. El rock duro del grupo Platea como banda sonora. Un ambiente colorista y festivo. Mucha gente. Y también muchos perros, la versión doméstica de los lobos. Cuando los manifestantes aullaban en solidaridad con el lobo, los perros levantaban orejas y hocicos ante aquel griterío tan cercano a su propio lenguaje. Era la víspera del trigésimo sexto aniversario de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente y algunos proclamaban que sus lobos estaban a salvo. Otros, en contra de las fuertes campañas orquestadas por alcaldes y ganaderos, insistían en que Ávila es y será tierra de lobos; y Galicia, y Zamora, y Asturias… Pero el clamor era proteger al lobo. Evitar que se gestione a tiros. Que sea el malo de la película, un prejuicio ancestral que ya no se sostiene en la Europa del siglo XXI.

Este número de Quercus es casi un monográfico sobre el trasiego de fauna a través del estrecho de Gibraltar. Fauna terrestre y en sentido norte-sur, aunque también nos hemos ocupado en otras ocasiones de los desplazamientos en dirección este-oeste que protagonizan, por ejemplo, atunes, cetáceos y tortugas marinas. No descubrimos nada nuevo al proclamar que el Estrecho es un punto estratégico de importancia mundial, incluso para la biogeografía. ¿Un puente o más bien una barrera? Ambas cosas. Los apenas 15 kilómetros que separan España de Marruecos representan una distancia muy asequible para las miles de aves que lo cruzan dos veces al año. Pero también una barrera insalvable para otros vertebrados y, por supuesto, para las plantas. No siempre fue así. Hubo periodos en los que el sur de Europa y el norte de África estaban unidos por un corredor terrestre, como aún puede apreciarse en la composición de sus floras y sus faunas. Por ejemplo, hay pinsapos en las sierras gaditanas, pero también en las montañas marroquíes. La frontera se barrunta en las llamadas especies vicariantes, aquellas que son muy similares y cumplen el mismo papel ecológico en los dos lados del Estrecho. Es cierto que algunas aves, gracias a su capacidad de vuelo, podrían pasar de Marruecos a España y sin embargo no lo hacen. Pero eso puede cambiar rápidamente debido al calentamiento global.

En Quercus hemos empezado el año con no pocas novedades. Algunas pudieron verse ya en el número anterior, caso de la recién estrenada sección dedicada a la paleontología. En este cuaderno incorporamos otra más, que invita a sumergirse en el difícil arte de seguir e interpretar huellas, rastros y señales. Ambas irán dándose el relevo en meses alternos. Además, en esta misma página y en las siguientes se consagran y amplían varios cambios que atañen al diseño y la maquetación de la revista. El caso es no parar.

Pero hemos introducido una mejora que quizá no sea tan evidente, aunque lo engloba todo y representa mucho para el equipo de Quercus. Hay que buscar la pista en la página 3, la del sumario, entre la letra pequeña. Allí aparece, ¡por fin!, un simbolito que garantiza que usamos papel FSC mixto y que trabajamos con una nueva imprenta certificada. Era uno de nuestros principales objetivos cuando nos hicimos con la propiedad de la revista en octubre de 2013. Nos ha costado más de dos años conseguirlo, pero ahí está.

Así ha valorado Greenpeace el acuerdo adoptado en París durante la Cumbre del Clima: “crucial, pero insuficiente”. Tres palabras que bastan para resumir dos semanas de negociaciones. Aunque hay otros gases implicados en el efecto invernadero, la clave del asunto radica en el ciclo del carbono, un proceso que se estudia durante el bachillerato. Pero tendemos a analizar los problemas desde una perspectiva temporal muy corta, ajustada a la duración de una vida humana, y así es imposible abordar los grandes retos ambientales. El tiempo profundo es un concepto demasiado abstracto para nuestra limitada experiencia de primates con una esperanza de vida cifrada en décadas.

Greenpeace insiste en que el Acuerdo de París es el primer paso de una nueva era en la que poco a poco se irá reduciendo el consumo de combustibles fósiles. Es obvio que tales combustibles, básicos en el transporte, la industria y la generación de energía, son los principales responsables de inyectar cantidades ingentes de carbono a la atmósfera. Un carbono que llevaba millones de años inmovilizado. De cumplirse el acuerdo, que está por ver, los efectos globales empezarán a notarse en el año 2050. Es decir, en el mejor de los escenarios posibles, el reto tendrá que afrontarlo otra generación.

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